LA CANCIÓN DEL PARIA

"... y siempre voy vagando... y si algún día siente, mi espíritu, apagarse la fe que lo alumbró, sabré morir de angustia, más, sin doblar la frente, sabré matar mi alma... pero arrastrarla no" (O. Fernández Ríos)

lunes, 19 de septiembre de 2016

ROJO Y NEGRO - Ovidio Fernández Ríos

Son las locas saturnales de los Príncipes de Hungría
El palacio es cual un reino de luz, fuego y pedrería,
Que un fantástico Aladino lo robó del Ideal;
Y al compás de la alegría, que en los aires leve flota,
Surgen trémulos muy suaves de una mágica gavota,
Con los ritmos argentinos de violines de cristal.

Hay un giro cadencioso de las sedas damasquinas,
Como sutil aleteo de invisibles golondrinas,
Que se pierde en el desmayo de la música orquestal;
El ambiente está embriagado con esencias enervantes,
Y las chispas bulliciosas de champañas espumantes,
Fingen besos voluptuosos de un pagano bacanal.

En el Parque todo es calma. Las magnolias y gardenias
Gimen, lánguidas y tristes, sus secretas neurastenias,
Y en el cielo el plenilunio se destaca como un Sol;
Sobre plintos se alzan torvos dos guerreros de Carthago,
Y en la góndola que boga, balanceándose en el lago,
Hay dos almas que se funden en un místico crisol.


Pero allá, donde en la estepa se refugia el triste paria,
Hay, raquítica, una choza de una raza proletaria,
Y un cadáver dentro de ella, sobre tosco y ruin diván;
Es el cuerpo de un obrero, de un vencido, de un ilota,
Y una triste mujer llora por la bárbara derrota,
Y los hijos abrazados a su padre, piden pan!

Y hay un ritmo cadencioso de los violoncellos magos
Que lloran en los salones evocando al Stambul;
Y de exóticas princesas hay suspiros dulces, vagos,
Que se pierden como besos palpitando en el Azul!

Ovidio Fernández Ríos (Uruguay) "Horizontes de luz" - 1908

viernes, 16 de septiembre de 2016

DON SEVERINO

Los partidos de fútbol en el picado eran asombrosas proezas dignas del mejor de los relatos. En el barro mejor y si llovía había connotaciones de hazaña. Todos empapados, la lluvia como cruel enemigo que rebelaba al héroe deportivo que todos llevan dentro. El barro era el que marcaba la lucha que habías dejado en el terreno de juego. Cuidado con salir con la ropa limpita, más vale el reto de la vieja que la humillación de los amigos.
El campito iba quedando todavía, era de propiedad municipal. Algún que otro rancho o casita modesta se iba levantando alrededor y hasta más aliados aparecían. Los gurises estaban jugando al fútbol, qué mejor y más sano, decían las madres, sabedoras del destrozo de la ropa, de los baños a fondo posteriores e inevitables, cuando al llegar a casa los héroes del fútbol disimulaban suciedades para evitar el reto.
Un día pasó por allí un señor que les preguntó si querían arcos de verdad. Los gurises usaban cualquier cosa. Palos clavados, piedras, ladrillos rotos, ropa, todo servía para hacer el arco. Siempre sin travesaño, claro está. Los gurises dijeron que sí porque era lo único que se podía decir y entonces algún padre comentó por encima del paredón a su vecino: "es el Desodorante, que anda haciendo campaña..."
Al tiempo aparecieron los arcos, los gurises ya se habían olvidado. Iban para la escuela y vieron unos hombres descargándolos de un camión. Se quedaron paralizados al borde de la calle. Había gente extraña que se estaba apoderando del campito sin pedirles permiso. El Bisagra fue el primero que habló y le salió una rebeldía de adentro. Entonces los gurises organizaron un campeonato de pandorgas en la tarde, como respuesta a su desconcierto.

Pero es que estaban tan lindos los arcos. Con travesaño y todo, firmes, de hierro. Hasta podían meterla de veras en el ángulo. El PrePizza fue de los primeros en protestar, porque sólo pensaba en sí mismo y en las tantas veces que discutió hasta el cansancio para hacerles entender a sus rivales que la pelota había entrado en el ángulo.

Después de la escuela aparecieron todos en el campito. Los arcos estaban perfectos. Los gurises llevaban sus pandorgas y organizaron un campeonato. Tanto fue el desconcierto que los vecinos comenzaron a asomarse por las ventanas y en la calle y les preguntaban el por qué no jugaban al fútbol. Por supuesto que los arcos ganaron, los gurises empezaron a aflojar y alguno que llevaba una pelota empezó a hacer jueguitos. Al Peluquero lo mandaron a atajar y comenzaron los intentos por clavarla en el ángulo. Hasta la Sietemesina salió a ver, solterona que chillaba si los gurises le rompían alguna planta, que devolvía la pelota al otro día, que se hacía la que no estaba en casa o que a veces les gritaba a los gurises que tuvieran cuidado que estaba tomando mate en el patio. Rezongona y todo siempre devolvió la pelota, menos la vez que mandaron al más chiquito de la barra y se le ocurrió llamarla Doña Álgebra... ¿me puede dar la pelota?, se las devolvió a la semana por encima del paredón y sin avisar.

Unos meses después pasó Severino, que tenía un cuadrito de gurises un poco más allá del barrio. Los invitó a practicar en la cancha que quedaba algo lejos. Lo cierto que Severino pasaba todas las tardes en una camioneta destartalada, abierta atrás y cargaba a todos los gurises, retos van y retos vienen, quédense quietos que no los traigo más. Todos esperaban en el campito o parados en la puerta de cada casa, martes y jueves de cada semana, menos Neruda, que la mayoría de las veces se quedaba durmiendo y Don Severino tenía que bajar y traerlo a tantas y a las quejas. Casi que lo revoleaba en el aire para subirlo a la camioneta.

El Neruda era un flaco desgarbado, medio alto, vago, capaz de los mejores versos para escabullirse de compromisos, pero era el crack y por eso todos querían tenerlo en su cuadro. Fue el elegido. Neruda se transformaba en el campito, se olvidaba de todas sus vagancias y desparramaba talento, fue el primero que fichó Don Severino para su equipo, entonces llamado Estrella Azul, vaya a saber por qué. Dos o tres más de la barra terminaron también jugando en el Estrella y los demás volvieron al campito de sus amores, permitiendo que los martes y jueves Neruda y los otros marcharan al Estrella.

A los años Neruda debutaba en las inferiores del Chaca, el club más importante de la zona. Los gurises fueron a verlo, la entrada era gratis. Neruda los saludó desde la cancha y les regaló un partido precioso. Cuando hizo un gol señaló a la barra de amigos. Se les ocurrió la idea de volver a juntarse en el campito, que todavía estaba y lo invitaron a Neruda, que fue, y se divirtieron como nunca Faltaron algunos, que se habían ido del barrio o ya estaban laburando o nos les pudieron avisar. Pero la que seguía estando era María Juana, o doña Álgebra, que devolvió la pelota las dos veces que la mandaron a su patio.

Neruda debutó en la primera del Chaca, era todo un orgullo. Consiguió unos pases libres a sus amigos, pero la cancha ya era grande, tribunas a los cuatro costados, hinchadas guerreras y peleadoras, cuadros de barrio, donde todos van a la batalla. Los partidos eran a vida o muerte, peleas por el ascenso y por un gol de diferencia a su favor el equipo de Neruda clasificó para jugar por subir a la primera división. En el primer cruce jugaron la definición de visitantes, ganaron por penales, después de un alargue, las hinchadas se tiraron de todo, los policías gases lacrimógenos, el Neruda y su equipo salieron de la cancha a las 4 de la mañana, pero con la clasificación en el bolsillo.

En la segunda eliminatoria también tuvieron que definir como visitantes. La hinchada del Chaca no llegaba y el partido a punto de comenzar. Cuando el árbitro daba la orden de comienzo se escuchó la bocina del tren. Los hinchas venían colgados hasta del techo, hicieron parar el tren frente a la cancha, fue un aluvión de hinchas subiendo a los paredones, nadie pagó la entrada y nadie intentó cobrárselas, se llenó de color y alegría la tribuna. Entonces el Chaca ganó.

En la final por el ascenso también les tocó definir de visita. Pero los líos del partido pasado les suspendieron la cancha. En el partido de ida los mandaron a jugar al Estadio, donde la hinchada estaba allá arriba, a lo lejos, nada que ver con la cancha del Chaca. Y los gurises del barrio habían ido allí, juntos, para ver a Neruda, que ni se enteró.

En la vuelta la hinchada también estaba ausente casi al comenzar el partido. Los hinchas visitantes pegados al alambrado los iban a matar, los esperarían hasta la madrugada si hacía falta, pero si les ganaban los iban a matar. ¿Qué hacemos?, se hablaban los muchachos del Chaca, que la hinchada nuestra no llega. Y de vuelta la magia. Casi al comenzar el partido las bocinas de los autobuses y la hinchada coparon el estadio visitante. Era la protección que faltaba y si tenemos que esperarlos para que salgan de la cancha, los esperamos, les dijeron los hinchas, los acompañamos.

El Chaca ganó y subió a primera división. Neruda siguió jugando, corría el mediocampo como un maestro, había pulido su técnica. Ahora hacía versos con la pelota, en el arte de marcar un gol. Neruda llegó a jugar en los mejores escenarios del país, a enfrentarse con los mejores, ya había firmado contratos profesionales y su vida andaba de fútbol en fútbol, en los diarios, en la tv, en las radios. Todo un crack.

El campito siguió estando allí, a pesar de los años y que el barrio seguía poblándose de casas y de gente. Seguía siendo municipal y otros niños lo usaban. Hasta que se corrió el rumor y la invitación. Esa tarde habría un picadito en el campito, como en los viejos tiempos. Y los muchachos aparecieron, como por arte de magia, estaban casi todos, aún los que no vivían en el barrio.

Hasta que la pelota cayó en lo de María Juana. Nadie vivía allí desde su muerte. Neruda los invitó a todos a acercarse, apareció una llave entre sus manos y abrió la puerta. Les dijo que esa sería la sede de un cuadrito de fútbol del barrio, de los nuevos pibes y de los hijos de los amigos que comenzaban a llegar. Que allí viviría alguien que andaba un poco mal, pero que seguía con muchas ganas de entrenar.

Una mala tarde Neruda se lesionó solo. No quiso operarse, renunció al fútbol y todavía le quedaban muchos años por jugar. Volvió al barrio, casado y con un recién nacido en los brazos y escuchando a los nuevos pibes del barrio mientras Don Severino les gritaba dando indicaciones, enseñándoles a jugar, mientras su señora les alcanzaba del patio las pelotas perdidas.

miércoles, 14 de septiembre de 2016

DOS SICILIANOS LOCOS

¿Qué legado dejaron Antonio y Águeda?

Su vida transcurría en el fascinante paisaje del Valle de Alcántara. Vivían en la siciliana isla, en la tranquila y pequeña Francavilla, en Messina. Sus hijos corretearon las calles del pueblo, al pie de las ruinas del castillo feudal y al crecer apareció la idea de la aventura.

Cayetano era mayor, pero Giuseppe decidió un buen día buscar el amor de su vida encontrándolo en Trécchina. Allí conoció a Teresa. Se casaron y en la calle San Martino sin número dieron vida a su familia. Pronto vino Antonino di Giuseppe y luego Santiago Giácomo, potenzanos ambos.
En los finales del siglo XIX las necesidades económicas se sumaron a un deseo de aventura que desembocaría en el sueño de una tierra donde vivir mejor.
Giuseppe se puso en contacto con Cayetano y abordaron la idea. Los hermanos decidieron el viaje y pusieron su empeño en él. Antonino y Santiago crecían, al igual que los apremios y el sueño americano.

Fue así que Giuseppe y Cayetano comunicaron la noticia a sus padres. En la tranquila Francavilla los corazones latieron más fuerte aunque no rugiera el cercano Etna. A fines del siglo XIX una despedida a América significaba una distancia que quizás no volviera a andarse. Era más que probable una ida sin retorno.

¿Cómo despedirse de un hijo sabiendo con seguridad que no lo volverás a ver?

¿Cómo despedirse de un padre sabiendo que no lo volverás a ver?

Giuseppe Marotta Olivieri (Sicilia)
En diciembre de 1896 con la firma de Umberto I fueron expedidos, desde Lagonegro, los pasaportes. El de Teresa era el 3515 y válido por un año. En cada pasaporte un hijo. En el de Giuseppe aparecía Antonino y en el de Teresa estaba Santiago y en ambos figuraba un destino: Buenos Aires.
Hasta allí llegaría el barco, con pasajes de segunda o tercera clase.

¿Cómo besas a un nieto sabiendo que no lo volverás a ver?


¿Cómo miras tu casa, tu calle, tu valle, sabiendo que no los volverás a ver?

En el trayecto venía alguien más.
María, la hermanita de Antonino y Santiago no figuraba en los pasaportes y desde su propio origen ya tenía una definición de patria singular. ¿Italia? ¿El mar? ¿Uruguay?

Llegados a Buenos Aires partieron casi en lo inmediato a la ciudad de Mercedes, tierra oriental. Ya vivían muchos italianos por allí y quizás algún contacto los invitase a tenerlos como referencia.
Los barcos demoraban muchos días en cruzar los mares. Las decisiones eran más pensadas porque había menos opciones de volver. Sólo quedaba una sensación, había que ir adelante. Inevitablemente siempre adelante.

Teresa Maimone Sciotino (Potenza)
¿Y cómo se despide uno de sus amigos sabiendo que no los volverás a ver?

Prontamente Giuseppe y Cayetano comenzaron a trabajar. Ambos eran zapateros y a ello dedicaron sus esfuerzos. Poco a poco mejoraron y hasta su propia casa instalaron certificando su arraigo.
Luego llegaron más hijos de Giuseppe: Alfredo, Mercedes, José Domingo y Carlos. Siete hermanos en total, dos sentimientos y dos patrias para los hijos de Teresa.

Cayetano, mientras tanto, conoció a Ana. Su primer hijo tenía que llamarse Antonio, por la tradición, enriquecida por la nostalgia. La primera hija se llamó Águeda y así completaba el tano su sentimiento, hijos con nombres de padres. Cuando llegó el tercero lo invadió el fuerte amor de su tierra y afloró un Italia Genoveva Florencia que reflejaría su añoranza. Más calmado quizás o por instancias de la madre llegó luego Ana María Irene. A miles de kilómetros, navegando el mundo, quizás alguna carta: "... mamma, llegó mi niña, la primera... le pusimos tu nombre..."

¿Habrá viajado alguna lágrima en ese papel?

Las familias de Cayetano y Giuseppe fueron creciendo, desarrollando su trabajo entre zapatos de todas las clases, reuniéndose con otros tanos en sociedades para su mutua protección y junto a ellos la música y el fútbol. A puro instrumento descendientes integraron la histórica Banda y los laburantes intuían el no irse más.

¿Qué carta se le escribe a un padre sabiendo que no lo volverás a ver?

Los numerosos hijos crecieron a ritmo de evocación y tarantela. Se educaron con la pasta y la pizza sí, con el asado y aquello del ser oriental.

¿Qué carta se le escribe a una madre sabiendo que no la volverás a ver?

De Cayetano y Giuseppe viven hoy cientos de descendientes. Incluso muchos desparramados por el mundo. Pero con un denominador común que es la historia familiar que tiene dos patrias hermanadas y una herencia de aventura y sueños que nació con dos sicilianos locos. Con trabajo, música y poesía también, con arte y aventura.

Una carta para dos sicilianos soñadores.

¿Qué carta se le puede escribir a dos sicilianos locos?

lunes, 12 de septiembre de 2016

CARMEN Y SUS MANOS (CHILE)

Casi veinte horas de viaje que se transformaron agotadores. En realidad quería escapar y acepté la invitación de mi amigo Antonio, que me recibiría en Santiago de Chile. Antonio sabía de la situación reinante y así fue que, sin dudarlo, se hizo cómplice del drama ajeno, lo atrajo para compartirlo y hacerlo así menos doloroso.

Atravesar la Argentina fue aburrido y tedioso. El paisaje era similar y la gente y los pueblos y ciudades que pasaban parecían los mismos. Todo porque mi pensamiento vagaba por mundos ajenos a la realidad, intentando recomponer un pasado que había dejado de funcionar. Seguía soñando un mundo feliz junto a Inés, que nunca pudo ser a pesar del sentimiento mutuo.

Entonces comencé a divagar mirando la carretera, la memoria refrescó a la primera novia adolescente o la de aquella otra que me miraba con interés, fijamente, más preferí esquivar.

Quedé preso en el recuerdo de Joana, aquella chica del instituto que me dijo con voz inocente que me quería. Pero ahora ya era tarde Sentía que la necesitaba tantos años después.

"No, no es eso... supongo que eso pasa en un momento en el que lo estás pasando mal y tu cerebro salta a una situación agradable. Pero puede ser engañosa... eso ya pasó".

El coche comenzaba a subir cordillera. Ni me percaté de los hermosos penitentes y tuve que reaccionar a tiempo para estacionar en el puente del Inca, el mágico lugar cordillerano de montañas, soledad, reflexión y cabras increíblemente vivas en las cornisas, otrora paso del inca. Las palabras de Carmen martillaban el cerebro.

"Si volviéramos a esa situación... o sea, si tuviésemos el poder, quizás descubriríamos que no es lo mismo. Que sólo es nuestro deseo de refugiarnos en algo agradable..."

Ciertamente Joana ya no podría ser, habían pasado larguísimos años. El largo "caracol" que hace bajar rápidamente la cordillera me concentró en el viaje. Resultaba peligroso para la primera vez semejante descenso y me percaté que ya estaba pisando territorio chileno.

Un pisco preparado con limón, hielo, clara de huevo y mucho de fraternidad sellaron los brindis iniciales con Antonio. Pusimos al día nuestras vidas y a la mañana siguiente salimos por la limpia Santiago. Con mucho de sol, el paseo por la mítica alameda resultó un perfume de vida en nuestra amistad vieja. Pero, además de estar en compañía de mi amigo, peleaba locamente con mi memoria. Preso de mis recuerdos no podía olvidar mi amor de los últimos largos años.

"La vida da muchas vueltas y a veces se complica mucho sentimentalmente... pero de todo se sale -eran las palabras de Carmen selladas a fuego- no nos quedemos anclados en ese recuerdo. Hay que ser conscientes que la realidad es otra. Si no, podríamos sufrir más de lo necesario. Y si ahora estás pasando un mal momento sentimental... deberá seguir su proceso natural y después ya verás como todo lo ves distinto...".

En la feria de Bella Vista mucha bohemia, mucha artesanía y gritos pegados en mil camisetas. Cuadros forjados con Neruda... "quiero estar en la muerte con los pobres... que no tuvieron tiempo de estudiarla...".

"Por esas cosas no se llora -afirmaba Carmen- yo pienso que todo tiene su caducidad. Si ya acabó es porque no tenía sentido seguir. Yo tengo pareja ahora, dentro de un año... no lo sé. Pero tampoco voy a pensar en ello".

Estar lejos de casa te va cambiando el pensamiento. Ayudan los nuevos aires de Valparaíso, con sus coloridas casas en los cerros y los imponentes barcos anclados. Los "choritos", exquisitos mejillones, comenzaron a distender y alegrarnos en los pequeños restaurantes del puerto.

La playa de Viña del Mar recibe corriente fría y por lo tanto no es aconsejable darse un baño. El océano Pacífico es inmensamente grande y hacen falta ojos y mucha memoria para llevarlo siempre con uno.
El chileno es un buen anfitrión del visitante y según Antonio cuanto más al sur te vayas... mejor recibido serás.
Nuevamente en Santiago de Chile salimos caminando para bajar el exquisito vino, uva sensacional.
No había dudas que el santiaguino es educado y muy respetuoso con la limpieza de su ciudad. Hasta que imprevistamente para mí apareció ante nosotros la Casa de la Moneda y mirando su frente desde la plaza contigua se me vinieron las imágenes del 73.

"La vida es para vivirla sin tener ese tipo de reflexiones. Lo que tenga que venir, vendrá...".

Me despedí de Antonio y su mujer después de una inolvidable cena en el Bali Hai, con decenas y decenas de turistas, excelente comida y bailarinas polinésicas, atrapado en una noche que parecía no ser de las mías.
Atrás también había quedado el cerro San Cristóbal, desde donde se ve la inmensa Santiago, cuya belleza peleaba con la densa atmósfera contaminada y juntas ofrecían un contraste armonioso en donde simulaban convivir bien a pesar de sus diferencias.
Ciertamente Santiago enseñaba que a pesar de esa, su envolvente y densa atmósfera contaminada, su belleza se mantenía siempre tan viva y feliz.
Carmen seguía escribiendo desde la lejana España...

"Lo importante es que tú te sientas bien. Ya verás que todo el misterio está en eso. Estar bien con uno mismo es vital".

Publicado en libro "Gente Noble" (impreso en España, Editorial Entrega 2000)

domingo, 11 de septiembre de 2016

EL TAHEÑO

Era una potrosa. Compartiendo vida junto a su taheño, el que parecía un vaivoda e iluminaba su vida. Hasta que recibió de sus manos una peonía de agradecimiento, seguido de un tenemos que hablar. Se criticó a sí mismo cual aristarco y la elogió en panegírico, pero se fue.

Se sintió sola. Medrosía. No dijo nada. Su primera reacción fue construirse un adarve. Pero su sol se convirtió en un quinqué y le dio por caminar como noctívaga, aún frente a cualquier zarracina. La dominó su esplín y no había láudano posible, era dolor del alma, ahora sabía que el corazón también duele.

Su voz y sus actos rielaban y pensaba en anacronismos. Más, todo era auténtico. La soledad. Lejos los afectos. Toda su vida envuelta en palabras bonitas, sueños, sin pensar que todo pasa. Se fue al hontanar y sus endechas inundaron el lugar. Encerrada en sí misma, ocultando celosamente su pena. Se preguntaba si nadie se daba cuenta de su ausencia. No quería realmente estar sola.

Se preparó algo de cenar, se acomodó junto al chubesqui, esperó alguna zarracina otra vez y se dejó llevar hablando del taheño en adorada parresia. Volvió a las canciones tristes de la fontana y siguió dejándose llevar. No era siquiera algo placebo lo que bebió despaciosamente. Fue algo que la llevó hasta la nada. Se derrumbó su fortaleza, que era de mentira. No tenía fuerzas. Y se fue, pensando que era altiva y dominante en un patache a la deriva, no ya rielando, sino que volvía a ser una potrosa, alejada del dolor.

Publicado en libro "Gente Noble" (2012, impreso en España, Editorial Entrega 2000).

martes, 6 de septiembre de 2016

FRANCISCO FRANCIA

Enrolamiento al Ejército argentino de Francisco Francia (mi abuelo materno). Nacido en Victoria, Entre Ríos, luego emigró a Uruguay con su panadería. Imágenes cedidas por Carla Francia. Documento de 24 de octubre de 1911. Francisco nació el 3 de diciembre de 1891.




sábado, 27 de agosto de 2016

LA SIESTA PERDIDA - Fernando Espinosa dedicada a "Cambalache"



Escrita por Fernando Espinosa. Dedicada al programa de radio “Cambalache”.

Quería dormir mi cotidiana siesta. Es más, necesitaba de ella pues mi trabajo nocturno así lo requiere.


Por la radio se escuchaban desaforados gritos de gol, donde el relator se desgañitaba describiendo jugadas alucinantes en las que legendarios nombres del fútbol anotaban sus goles para que quedaran presentes en el marcador de los recuerdos.


Eran jugadas soñadas y disparos certeros al arca de la vida misma, al rincón donde nace la esencia vital del ser humano, donde se regocijan la sensibilidad del espíritu y el amor fraterno del hombre como individuo, como ser consciente y racional.


Contrastando con la excitación del relator, una pausada y cadenciosa voz del conductor Federico, ponía el remanso dulzón para que intentara conciliar el sueño.


De pronto el conductor comenzó la lectura de una carta recibida, de un tal “Pachineca”, según dijo, un hombre que al decir de la murga “está lejos, inspirando retiradas”.


Luego pasó a leer unas letras dedicadas a Mercedes, según comentó, a pedido de un camélido personaje de radio.


Y fue hermoso. Resultó ser una recorrida de la memoria por nuestra querida Mercedes, la que era vista a través de los ojos del corazón, descrita con palabras emanadas del alma, detallando con nostalgia cada rincón, cada callecita sinuosa y coqueta de los distintos barrios.


Casi sin querer me vi transportado a la época de mis años adolescentes, hasta creía escuchar la voz del relator, en uno de mis antiguos “picados” futboleros, con aquellos muchachos del ayer que luego serían cracks del balompié como el Tino, “Cabeza e´Perro”, el Chango, Cepillo, “Pata e´Mono”, Paulino, Conrado, Cacho, Víctor Pacheco, “Mayo” Godoy, el Poli y su hermano La Boga... y tantos otros que escapan a la memoria algo vichoca, algunos de los cuales se calzaron la gloriosa casaca celeste del mítico Olímpico.


Y me veía festejando un gol mío, algo que nunca se me dio, mientras el relator se “desensillaba” gritándolo.


De pronto la voz del conductor me trajo nuevamente a la realidad, hablando de nuestros valores en literatura, de esos que tocan la savia arrabalera del pueblo mismo, del obrero, del ama de casa que mientras cocina para hoy va sacando cuentas para saber cómo va a hacer para estirar los flacos pesos que van quedando, que duren un poco más.


Y bajé a la tierra. Había estado soñando sin estar dormido. Había sido transportado al dulce mundo de los recuerdos, evadiéndome un rato del hombre actual, sus acuciantes problemas, para sumergirme en la grata niebla de la nostalgia, en donde me reencontré con viejos compañeros, con quienes dimos los primeros pasos en la vida al transitar, en este valle de lágrimas.


De pronto todo terminó. La siesta se había ido al demonio. Pero me di cuenta de que había sido atrapado por la magia de la radio, la sensibilidad de “Cambalache”, la calma meditada de Federico y la expresión avasallante de García Bachi.


Gracias “Cambalache”. Excelente tarde.


Fernando Espinosa (2002)