LA CANCIÓN DEL PARIA

"... y siempre voy vagando... y si algún día siente, mi espíritu, apagarse la fe que lo alumbró, sabré morir de angustia, más, sin doblar la frente, sabré matar mi alma... pero arrastrarla no" (O. Fernández Ríos)

viernes, 18 de septiembre de 2009

Los Blanes Viale y su calle palmesana

Publicado en Semanario Entrega 2000
Pedro Blanes Viale, nacido en Mercedes, Uruguay en 1878 fue hijo de Rosa Viale Carvajal, mercedaria y del Dr. Pedro Blanes Mestre, médico mallorquín. En 1893 la familia se instala en Mallorca, en tanto Pedro Blanes Viale viajará frecuentemente a Uruguay formando una doble residencia. Fue en Montevideo, en 1926, donde dicen que murió. Su obra, como la de todos los artistas, obviamente lo ha hecho vencer a la muerte.
En el año 2003 la Real Academia de Bellas Artes de San Sebastián y la Real Academia Mallorquina de Estudios Genealógicos, Heráldicos e Históricos se unen para organizar conferencias en torno a la "saga" Blanes Viale. Ofrecieron charlas por los hermanos Pedro y Tomás Blanes Viale. Rafael Perelló Paradelo habló sobre "El pintor Pere Blanes Viale" y el Prof. Dr. José Luis Nieto Amada, de la Universidad de Zaragoza habló sobre "El malogrado investigador Tomás Blanes Viale". Tomás murió joven y fue destacado discípulo de Ramón y Cajal, el padre de la neurociencia moderna. No fue el único uruguayo en desarrollarse en España junto a Ramón y Cajal, también lo hizo Clemente Estable.
El 25 de abril de 2006, a partir de las 18 hs., se reunió el Pleno del Ayuntamiento de Artá, municipio mallorquín, presidiendo la "Batlesa" (Alcaldesa) María Francesca Servera Pascual. Se produjo el siguiente diálogo en el punto denominado LEGADO BLANES VIALE.
- El Ayuntamiento de Artá en pleno va a aceptar un legado de obras de arte del pintor Pedro Blanes Viale. Según nos hemos enterado la última de las donatarias ha muerto cuando el Ayuntamiento recibía esta donación.
Respuesta: Estamos pendientes del Juzgado, ya que uno de los herederos es menor de edad.
- ¿En qué condiciones lo hará?
Lo hará en pleno dominio, mediante escritura pública de donación.
- ¿Se han tasado por un experto las obras de arte, tal como se había acordado?
No se había acordado en el plenario, pero a la Comisión Informativa usted va a demandar que cuando los cuadros estuviesen aquí, se tasarían y se haría una ficha de cada uno. Eso se hará cuando los cuadros estén aquí.
La calle Blanes Viale se encuentra en Palma de Mallorca. Es corta. Va desde calle Osca hasta calle Zuloaga. El "carrer" Blanes Viale va paralelo y al lado mismo de la Vía de Cintura, autopista que abraza a la ciudad de Palma. De un lado hay un muro que la separa de dicha Vía de Cintura y del otro lado edificios que corresponden a tres manzanas. Las otras dos calles que hacen esquina con Blanes Viale son Sorolla y Prosperitat. En la intersección de Blanes Viale y Zuloaga encontramos un aljibe en plena vereda, seguramente integrante de alguna vieja construcción, pero que los habitantes de Palma han sabido conservar. Un espacio grande, tipo pequeña placita, con un par de bancos para tomar el sol y descansar están integrados al "carrer" Blanes Viale. Del lado del muro que la separa de la Autovía varios árboles prolongan su sombra.

jueves, 17 de septiembre de 2009

Calle Blanes Viale en Mallorca


En Palma de Mallorca existe la calle Blanes Viale. En extensión es corta, unas tres cuadras. A su izquierda la Vía de Cintura, una ruta que abraza la ciudad. Tiene la calle la particularidad de tener un viejo aljibe en la vereda, como decorado que recuerda épocas pasadas. Pedro Blanes Viale, nativo de Mercedes, Uruguay, pasó buena parte de su vida en Mallorca, pues su padre era mallorquín. Cuadros de Pedro fueron donados al Municipio de Artá en Mallorca. Pero la calle también recuerda a su hermano Tomás.




lunes, 14 de septiembre de 2009

LA PALABRA, PODEROSO SOBERANO

Columna publicada en Semanario Entrega 2000 de Mercedes, Uruguay, el 11/09/09, como agradecimiento a quienes han leído "Cartas".
"Estimado Pepe:
Hace algún tiempo salió publicado "Cartas", un deseo personal, una vía transmisora con mis familiares y amigos, intentando llegar a ellos por la escritura ordenada de un libro.
Los objetivos, sencillos, han sido logrados. Mover una sensibilidad de cualquiera de los ocasionales lectores era un desafío y a su vez era quedar satisfecho por la tarea emprendida.
Estas líneas sólo pretenden llegar a aquellos que ocuparon su tiempo leyendo "Cartas" para agradecerles la dedicación.
"La palabra es un poderoso soberano, que con un pequeñísimo y muy invisible cuerpo realiza empresas absolutamente divinas... Las sugestiones inspiradas mediante la palabra producen el placer y apartan el dolor. La fuerza de la sugestión se adueña de la opinión del alma, la domina, la convence y la transforma como por una fascinación..." (Elogio de Helena, Gorgias).
Los comentarios llegados me devolvieron las similares emociones que uno buscaba y encontré a través de esas escrituras recibidas, sensibilidades que de algún modo también nos han persuadido, también nos han sugestionado, transformando nuestro pensamiento. Discutible si las palabras persuasivas quitan la libertad, por influir en nuestras ideas. Pero al menos, las palabras recibidas en este tiempo, llenas de afecto, pueden bien quitarme esa libertad de pensamiento, que las evocaciones sensibles finalmente también nos traen placer.
Hace algún tiempo se plasmó la idea vieja de publicar algo, especialmente dirigido, todo real.
Contaba con mis familiares y mis amigos. Con José Olazarri, que me orientó y guió, permitiéndome formar parte de la Colección Soriano, con José Enrique Lécaille que se metió en la idea sintiéndola como propia, con Oscar Pérez Carranza, que encaró el trabajo pedido con su habitual buena hombría. Y con todos los demás también conté. Estuvieron. Están.
Por lo tanto, Pepe, sirva tu espacio para agradecer a quienes recibieron la idea y la valoraron. Me han hecho sentir bien, que era simplemente lo que esperaba. Si los ves por la calle, dales un abrazo de mi parte."

viernes, 11 de septiembre de 2009

"CARTAS" - "Salvador y José" (relato 4)

Dedicado a Salvador "Sabito" Sierra, director técnico en mis años de fútbol infantil celeste y a José Domingo Marotta Maimone, mi abuelo que no conocí, uno de los fundadores de Olímpico, su primer secretario, su primer delegado en la Liga y alguna vez su presidente.
"Cuantos niños habrán sido invitados por sus amigos para disfrutar corriendo en las canchitas del Parque Don Bosco. Mi madre dijo que sí y mi padre, de sentimiento metido adentro, seguro que se puso muy feliz.
Fue así que domingo tras domingo el viejo y verde Nash 90-939 arrancaba desde el Barrio Pamer a la ciudad, cruzándola toda y con destino en el viejo Parque.
La primer tarde El Viejo me llevó junto a un hombre de tierna mirada. Fue así que conocí a Salvador. Recuerdo siempre su andar, su rostro y su mano cariñosa en la cabeza, su caminar al costado de las canchas alentando y dando indicaciones, dándose vuelta para seguir alentando en las otras canchas a los de otra categoría. Siempre estaba, con frío o calor junto a las bolsas con camisetas. Este niño iba de pantalón corto negro y unas medias celestes largas, con un final negro que se doblaba por debajo de la rodilla. No recuerda si las hizo la abuela o la madre. Al acercarse la hora esperaba con ansiedad que Salvador abriera la bolsa y comenzara a repartir la celeste camiseta.
Jugar era un deleite. Junto a Pablito, Karlen, el otro Pablito, Gonzalo y Javier y otros más. O subir de categoría junto a Manzanarez o Carqueja, que siempre me lo recuerdan.
Jugar de tarde los domingos en el Parque era una felicidad completa. Esa satisfacción seguro sentiría El Viejo, hincha celeste e hijo de José, el abuelo que vio nacer y crecer al club. Este niño se dio cuenta de eso después, de grande, al conocer más la historia del padre de aquel padre y ver su foto presidente en el club del Cerro.
Fueron algunos años de gorriones, de semillas, cebollas, de baby, de medirse la altura en el Colegio San Miguel o de comer mandarinas en el Parque. Fueron algunos años de celeste, de Salvador, de algún campeonato ganado o de alguna final perdida en los penales.
El fútbol, que se alejaría de mí poco tiempo después, logró que algunos de aquellos compañeros hasta lograran campeonar en la primera para sentir una felicidad de privilegio. Aquellos goles de la primera que, gritados por la hinchada, se sentían desde el Parque.
Cientos de niños recibieron la mano cariñosa de Salvador y esperarían con los ojos bien abiertos el reparto de la camiseta cielo. Cientos de niños pueden contar historias como estas. Las mandarinas, la ansiedad y seguro muchas cosas que no se recuerdan, porque cuando los botijas empezaban a correr tras la pelota era olvidarse de todo.
De grande se sienten revivir cosas que de niño uno no se da cuenta. Haber estado tan cerca del abuelo al vestir su querida camiseta. Toda una alegría, por qué no decirlo.
De Salvador, presidente para siempre, siempre el recuerdo. Con Hugo lo recordaba un día a la tarde, hablándonos en radio de celestes cosas y de su padre, paciente consejero, mientras esperábamos los niños ansiosos salir corriendo para la cancha.
También me hubiese gustado verlo a José al costado de aquellas canchitas infantiles. No pudo ser, vestido de celeste él se había ido algunos años antes para siempre y por allá lejos, donde parece ser que todo es celeste también."

jueves, 10 de septiembre de 2009

Sociedad Italiana de Mercedes, Uruguay

En 2006 el pte. de la Sociedad Italiana de Mercedes Walter Toneguzzo visitó sus familiares en Mallorca, España y tuvimos oportunidad de compartir con él charlas y paseos. Recibimos de él este banderín conmemorativo de los 125 años de la Sociedad Italiana de Mercedes, Uruguay, más una medalla alusiva.
Agradecemos.
Mis antecesores, venidos de Italia y otros nacidos en Uruguay, estuvieron vinculados a la Sociedad Italiana y a la Banda de Música, génesis de la actual Banda Municipal.

miércoles, 9 de septiembre de 2009

"CARTAS" - "La Carta" (relato 3)

Dedicado a mi abuela materna Emma Sixta Rezzónico Busca de Francia
La abuela ayudaba en la casa y hacía los mandados con su particular paso lento. Le gustaba cuidar de verduras en su pequeña quinta y de los árboles frutales. Cuidaba plantas y comía disfrutando bajo la higuera. Criaba pollos y con su también particular llamado caminaba entre ellos mientras les daba de comer.
La abuela tomaba sus mates al caer la tarde, en el gran patio de la casa de barrio semi rural. Le gustaba conversar y hasta era común encontrársela hablando sola. Curaba los empachos con la vieja cinta de medir, usaba lentes, tenía fotos del abuelo en su dormitorio y un gran cuadro con una virgen, era muy creyente. Disfrutaba cuando sus hijos y sus familias se reunían en domingo junto a la mesa.
La abuela, de cuerpo grueso, tenía el paso cansino y se hamacaba al andar. Cobraba su pensión de viudedad y tejía zapatitos de bebé que vendía en las tiendas del pueblo.
Tenía recuerdos de la panadería de Francisco, su esposo. Tenía recuerdos para sus hermanos. A Pato lo visitaba a menudo y Carlos prefería llevarle a su casa las verduras por él cosechadas. La abuela había enviudado joven y tenido cuatro hijos. El menor, el varón, sus ojos, el Nene.
El niño creció y se hizo camionero. Cuando los tiempos de cosechas se iba al este y se ausentaba varias semanas. Cuestiones del arroz.
Una vez le envió una carta a la abuela. Sólo ella la leyó, claro. Pero las lágrimas de la abuela hacían leer.
Más tarde, más calmada, un nieto le acercó papel y lápiz. "Para que le respondas, abuela". Sentada junto a la mesa quedó sola. Al largo rato su nieto se acercó otra vez. La hoja temblando en una mano y en la otra el lápiz, también temblando.
"Querido Alfredo...", había logrado escribir. Luego papel en blanco y unas cuantas gotas caídas de sus ojos.
"No importa, abuela".
La carta nunca se envió. Seguro que aquel niño camionero igual la recibió.

martes, 8 de septiembre de 2009

"CARTAS" - "Alfredo" (relato 2)

Dedicado a mi tío Alfredo Francia Rezzónico
La última vez que nos vimos me abrazó llorando. Fue una despedida que no intuí. A los pocos días murió mientras trabajaba. Estaba en una cantera y nunca llegué a saber a ciencia cierta como fue.
En vida transitó mil kilómetros y mil más. Y cuando se cansaba de recorrerlos volvía a transitarlos y luego otros mil. El camino que lo vio en vida también lo despidió en su último viaje.
Su existencia pasó ligada a un camión. En él dormía incluso en crudas noches de invierno, con él trabajaba y seguramente hasta hablaría con él en la soledad del camino.
Algunas veces, niño-adolescente y como aventura, viajé con él. Y otras veces lo vuelvo a hacer..
Era un hombre normal. Se ganó la vida trabajando. Forjó su familia trabajando. Suerte la de saber que fue feliz en casa y en el camino.
Una vez lo vi toda la tarde con la mirada perdida. Al día siguiente le emparchaban el corazón. Sus días de hospital.
Después siguió siendo auténtico, sencillo y normal, como siempre.
Los sábados de noche amigos, asado y claro, un buen vino. El vino le hacía mal a sus parches, pero lo hacía disfrutar. No dudó en optar por ser feliz.
Tuvo tres crías, aunque buscaba siempre a Panchito, que nunca llegó.
Quería una camiseta roja y en el 80 nos abrazamos en la cancha. Por esa camiseta había luchado en cien batallas. Tenía la cabeza calva, el cuerpo ancho y un día me regaló su bicicleta.
Los asados de domingo al aire libre los hacía él, cuando la abuela todavía vivía.
Un tiempo trabajó en una fábrica y yo lo acompañaba en el descanso, pero fue un tiempo, nada más.
Claro, fue él quien me enseñó a conducir y alguna vez me fue a ver jugar con su misma camiseta roja de las cien batallas.
En realidad no tengo mucho más para decir porque era sencillo, normal. Era trabajador y disfrutaba de lo cotidiano, de sus pequeñas cosas y de una mesa compartida al mediodía.
Yo, para ir a mi casa pasaba por su casa y si el camión estaba "está".
Era como un padrino, qué se yo. O como el tío que siempre uno quiere tener.
Pero la última vez que lo vi me abrazó llorando. Siempre va conmigo ese momento y el lugar exacto. Más de un minuto largo de un sábado a la noche. Le dije "tranquilo, estoy bien". Y él se fue sin decir nada. Yo no sabía que se estaba despidiendo.
Pero cada tanto sigo viajando con él.