LA CANCIÓN DEL PARIA

"... y siempre voy vagando... y si algún día siente, mi espíritu, apagarse la fe que lo alumbró, sabré morir de angustia, más, sin doblar la frente, sabré matar mi alma... pero arrastrarla no" (O. Fernández Ríos)

miércoles, 30 de septiembre de 2009

Wilson Armas Castro - "Quisiera convivir sin mi memoria"

INTERROGANTES
¡Cuántas interrogantes,
cuántas preguntas me hago!
El otro yo me las formula
y yo no las respondo.
Mi esmirriado morrión, debe llenarse.
pero tal vez no llegue ese momento
por más que lo desee.
Debo explicarme con despaciosa calma,
las mil interrogantes que me asedian;
más, nada resulta fácil;
lo fácil es tramposo, es impostura;
pero yo no conozco la verdad,
jamás la he visto.
¿Cuánto debo esperar?
No hay otra alternativa: Esperar... (W.A.)


Wilson Armas Castro escribió "En eso estamos", libro que me regaló en oportunidad de una visita que realicé a su casa sobre fines del año 2007. A través del apellido Castro estamos relacionados en familia. Con sus nueve décadas de vida sigue estimulando la escritura en Mercedes, Uruguay y sigue realizando. En la foto, en oportunidad que la Junta Departamental de Soriano le realizara un homenaje por su trayectoria teatral y como escritor.

PRESENTE
Sentado en esta silla
de espaldas al sol que me deslíe,
bebo el aire
el verde del follaje
y el ocio generoso
del estío.
Quiero no dar cabida a la tristeza,
quisiera convivir sin mi memoria.
Es cosa inútil, digo,
echar atrás el tiempo:
al futuro lo pondría de testigo,
y al presente,
-si yo pudiera hacerlo-
lo volvería entelequia inerte. (W.A.)

En la página 69 del libro "En eso estamos" Wilson ha escrito: "Queda debidamente autorizada la reproducción total o parcial de este volumen, aún cuando no se cite la fuente. Si usted plagia o copia deliberadamente lo aquí expuesto, quedará impreso en su conciencia. El autor se compromete a seguir creando sin cuestionar ni reprochar absolutamente nada. Sólo puede decir a su favor que intentará ser auténtico con sus principios de artista (usted esgrimirá sus argumentos, que no discutiremos). El autor se hace responsable de todos sus dichos y también se retracta, punto por punto, de todas las injurias, ofensas o menoscabo a la integridad moral que pudiera causarle a los sufridos lectores". "En eso estamos", impreso en noviembre 2007.

martes, 29 de septiembre de 2009

"CARTAS" - "La casa de la calle Ituzaingó" (relato 7)

Dedicado a mis amigos de la casa de la calle Ituzaingó, la casa de Washington "Tabaco" Caputto y Basilisa Acosta, que nos dejó hace algún tiempo y en donde siempre está presente Carlitos Méndez Fort, que se nos fuera demasiado joven.
Los muchachos solían descolgar el gancho de la puerta de entrada, con la voz fuerte de un "permiso" también abrían la cancel y se metían dentro sin esperar respuesta. Podía haber gente o no, daba igual. Era casa de todos y nunca se puso una objeción si algún hambre aparecía o si una sed reclamaba atención. Si un fuego combatía el invierno o una parrilla quemaba leña para construir brasas que convertían la carne en un deleite.
Para esto el señor de la casa era el especialista en toda ocasión, más que nada en los lentos accionares de algún lechón conseguido para el momento o algún lanar también o cualquier asado, que significaban el festejo de algún aniversario, de una fecha que obligaba al encuentro o porque sí nomás, que era la mayoría de las veces.
La señora de la casa disfrutaba con el ir y venir de los muchachos, sus vivencias y sus ocurrencias de naipes acostumbrados a los viejos renuncies de apasionantes tutes que desafiaban cerebros entrenados con más o menos viveza y picardía.
El señor de la casa se entreveraba en algún picado de cabreros tutes para disfrutar de sus arrastres, dejar sin base a los muchachos y con enojos a ocasionales ganadores de momento en el intento de trampas o viejos renuncies de la experiencia que, sin compasión, eran descubiertos y sancionados al momento para generar otros eventuales enojos de sonrisas cómplices y deleites picardías.
Los platos eran la tabla de picar y el pan de compañía. Los vasos saboreaban algún que otro alcohol siempre controlado. Y las horas iban pasando sin darse cuenta. Lo disfrutable era estar ahí, saber que los otros estaban ahí.
Los muchachos andaban también por otros lados, trabajando, con sus motos rugiendo o recomponiéndose en el taller amigo, cada uno en sus cosas, casándose más tarde, teniendo hijos, viéndolos crecer en las fiestas de cumpleaños, saboreando las bondades de la existencia o sufriendo penares, como todos los mortales.
Más adelante en el tiempo las nuevas brasas también dieron calor, con más comensales en la mesa, descendientes de la amistad.
Los muchachos sintieron en todo momento como propio el bienestar de una casa grande estilo entre bohemia y familiar. Punto de reunión de ideas, de ratos felices, mates, cuentos, bromas y cuántas cosas más de cualquier grupo que ve marcada su vida por cuestiones amigas.
Los muchachos vieron pasar el tiempo, alguno perdió la flacura, otros el pelo, vieron crecer niños unidos en continua amistad y siempre volvieron a cobijarse en el fuego de unas brasas perdidas y en la excusa de 40 naipes.
Definir tanta vida en pocos versos es como tener en la mano un glorioso tute de reyes, cuando al tenerlo a veces disimulas bien el sentimiento y otras la cara se te cambia por lógica reacción.
Muy pocas veces en la vida tiras en la mesa esos cuatro reyes ganadores. Liberas los minutos tensos del juego luego de la espera de otra base y entonces todas las emociones y felicidades se transmiten en la sonrisa satisfecha de la pequeña hazaña conseguida.
La gran casona de gran patio, con doble parrilla adentro y afuera como queriendo asegurar la reunión, ignorando inviernos o veranos de ocasión. La casa de puerta verde abierta que la señora hacía sentir como propia a todos los muchachos. La casa que el señor tan inteligente y sensible como bohemio brindaba con generosidad.
Esa casa era y por siempre será, como un rincón indisimulable de la vida de varios muchachos. La casa de la cual Carlitos nunca se fue.
Un recuerdo y realidad plenos de sensaciones. Grande y abrazadora, la casona de puerta verde de la calle Ituzaingó es como el mejor tute de reyes que se pueda soñar.

viernes, 25 de septiembre de 2009

LEÓN FELIPE

Publicado en Semanario Entrega 2000 el 18.09.09
COSAS DE POCA IMPORTANCIA
Enrique dijo: "Alterio recitará León Felipe en Palma este lunes, ¿voy por las entradas?".
Entonces ese lunes, disfrazados de cultos, nos fuimos al remozado Teatro.
Había una larga cola para entrar y un tono rioplatense bien marcado, más bien argentino, claro. La función tenía título: "Como hace 3.000 años".
El teatro casi lleno y Héctor Alterio apareció en escena con sus casi 80 años. Junto a él José Luis Merlín, su amigo, guitarrista. ¿Mantendrían dos personas una actuación durante más de una hora?
Alterio despejó todas las dudas. Fue una mezcla de recitar y actuar, con la sencillez de los virtuosos. Merlin hizo poesía con la guitarra, intercalando solos para que descansara el viejo maestro. En el escenario sólo una mesa, dos sillas y dos atriles.
Mezcló alguna poesía de otros autores, pero básicamente ese lunes, se recordaría a León Felipe, el español que tuvo que emigrar a América, donde finalmente murió.
Y León Felipe no es de rimas que faciliten la memoria. Pero es palabra comprometida que penetra y deja huella. Es también de poemas largos. Pero Alterio no leyó.
Mantuvieron la actuación durante más de una hora, mantuvieron el silencio y el aplauso y la puesta en pie. La palabra del poeta sigue siendo utilizada para hacer pensar y para sentirnos identificados los que andamos vagando por el mundo. Llenaron de León Felipe la noche palmesana y transmitieron el sentir y el dolor del poeta errante.

jueves, 24 de septiembre de 2009

Bruno, el de "Luis Ernesto" (relato 6)


Bruno Castro Bombi

A fecha de hoy (setiembre 2009) Bruno es ya un adolescente. Hijo de Luis Ernesto y Ana María. Foto que me regalara Luis.

"... el tiempo le fue quitando la flacura y el pelo, pero su cabeza se cubría siempre con una gorra negra. Igual a la que un día regaló y que aún se guarda junto a la foto del crío, miles de kilómetros allende el mar..." (de "Luis Ernesto" relato 6 del libro "Cartas").

miércoles, 23 de septiembre de 2009

"CARTAS" - "Luis Ernesto" (relato 6)

Dedicado a mi amigo Luis Ernesto Castro (el flaco Peter)
Luis hecho postal era verlo pedaleando en su bicicleta. Tenían nombres. La Hermenegilda fue una de sus más fieles y queridas dos ruedas a pedal que la cuesta del Barrio Cerro lo veía subir, tanto para ir a trabajar como para frecuentar alguna vieja cantina sindical.
Fue de los que tenía el pelo largo en época rebelde, cuando se los veía como los tipos raros y marginados de una sociedad que entonces vivía la dictadura, el uniforme liceal, el pelo hasta el cuello de la camisa, la cara afeitada y las buenas costumbres de la disciplina.
Rockero en esencia y de un músico conocido su apodo inglés. Vanguardista en música en tiempos donde lo común era escuchar los sempiternos cantantes que nunca decían nada. Sin embargo, Luis se fue formando en el mensaje y descubriendo cada vez más los sonidos y voces ocultas, siendo autodidacta en aquello de valorar la libertad y comenzar a sentir las libertades personales.
Flaco, alto y pelo largo que lo hacían parecer al Jesús de los cristianos. Tal vez esa imagen podía ser Luis hecho postal.
Viajó por varios sitios en sus épocas de plomo de la orquesta. Volvía a casa junto con la salida del sol, en donde lo recibía su cuarto de soltero, en la casa de Irma y Juan, en el corazón de un barrio trabajador.
Luis podía decirlo todo con una mirada de humor cómplice, con una ocurrencia de momento dicha en particular modo y con gesto único. Se podía reír de todos y de sí mismo. Podía alargar la noche bebiendo, compartiendo y cantando. Fue murguero de humilde murga. Prefirió el mensaje a compartir un buen coro. Tenía la voz grave y en el grupo destacaba por su altura.
Luis, el cigarrillo y el mate. Tal vez podía ser esa su postal. Sentado con el mate, con el cigarrillo en los labios y el humo alrededor. Sabía cebar hasta un par de termos aguantando la misma yerba.
Un día se enamoró, se casó y cambió su vida. Le resultó buena la convivencia que algún día temía hacerle perder su libertad de soltería. Sus temores desaparecieron bajo el cobijo de una compañera fiel y de un par de críos que por seguro son sus propios ojos.
El nombre de su hija lo soñó desde siempre, por aquello de una bufanda roja y negra que escribía en las paredes resistir. Luis sabía ganar tiernos desafíos de amistad.
Pasaba el tiempo y la fiel Hermenegilda, silenciosa y obediente, siguió acompañándolo, esperando la trasnochada cada vez menos frecuente o para ir al trabajo, porque había que pedalear cinco kilómetros. Antes trabajaba en la misma empresa pero en la ciudad. En la cuadrilla que reparaba las pérdidas de agua. Luis prefirió la calle al escritorio. Prefirió salir en la cuadrilla subido en la caja del camión. Se ubicaba al medio, los brazos adelante para sostenerse, más alto que sus compañeros. Andaba como dando la cara, como sintiéndose orgulloso de su condición de obrero.
Cuando el camión pasaba junto a algún conocido sonaba ronca la voz de Luis nombrando con particular acento, con inconfundible humor y tan sólo con sentir esa grave voz la sonrisa aparecía en la persona nombrada.
Parece que Luis recibió nombre de futbolista. Pero de fútbol sólo sabe sufrir desde atrás del alambrado con su cuadro ferrocarrilero del barrio primero o el viejo y glorioso albo de las mil batallas. El tiempo le fue quitando la flacura y el pelo, pero su cabeza se cubría siempre con una gorra negra. Igual a la que un día regaló y que aún se guarda junto a la foto del crío, miles de kilómetros allende el mar.
Se puede confiar en Luis, se puede reír mucho con su irónico humor, se puede conversar de todo y de todos, se puede cantar, se puede compartir una tristeza y siempre se puede recibir un abrazo fuerte que te hace rebotar contra su pecho.
Hoy Luis ya no anda en el camión. Pero si se debe elegir una postal, es la de ese flaco alto mostrando altivo su condición, nombrando con grave voz a sus amigos mientras pasaba el camión.

domingo, 20 de septiembre de 2009

"CARTAS" - "La canchita del barrio Pamer" (relato 5)

En la canchita del barrio Pamer pasamos largas tardes de infancia jugando al fútbol con un montón de amigos que siempre se recuerdan.
"No fue gol, pasó por arriba del palo", que no era otra cosa que una piedra grande o en su defecto un par de camisetas enrolladas que hacían las veces de postes de un arco de fútbol.
"No seas malo, entró recontra bien", era la respuesta que daba inicio a una discusión que finalmente ganaría el más insistente o cuando aflojaba el que iba ganando el partido.
"Alta, alta", era el grito de un defensa que veía como la pelota entraba en su arco, siempre formado por sólo un par de piedras o un par de camisetas, o quizás un par de sandalias de verano, pues muchos jugadores solían jugar descalzos. Comenzaba otra discusión en donde todo pasaba por el imaginario travesaño. Entonces había que hacer el gol "por abajo", si no, no vale.
Los arcos eran chiquitos. Se medían pie a pie. Podían ser tres, cuatro o cinco pies. Del otro lado otro mediría igual. Previo aviso al comenzar el partido: "los goles de cerca", pues claro, no había arquero. La cancha, improvisado sitio delante de la actual escuela, no era grande. No valía patear de lejos buscando el gol, sobre todo si había pocos jugadores. Luego vendrían las discusiones de donde era "cerca" y donde era "lejos".
Los límites de la cancha estaban perfectamente delimitados en sus costados. Un alambrado que la separaba del predio de la escuela y del otro lado una cuneta que separaba el campito de la calle. Pero otra gran discusión aparecía al momento de saber cuando corner y cuando no, líneas de fondo dejadas al libre pensamiento de momento. La canchita tenía su cuesta abajo, por supuesto, y sobre el lado de la cuneta otra bajadita que dificultaba el accionar de los jugadores, sobre todo las grietas al secarse luego de la lluvia.
Dos supuestos buenos futbolistas iniciaban la elección de compañeros que al ser nombrados, marchaban junto al elector, de por sí líder del equipo. Podía haber número de jugadores impares. Por lo tanto, el primero que llegara iría al equipo de menos jugadores, luego de la clásica pregunta: "¿pa´que lau pateo?". La suerte diría si el próximo jugador sería un talentoso o un mero patadura rápidamente ubicado en la defensa: "vos atrás". Más tarde, si los que llegaban inclinaban mucho la balanza se gritaba pidiendo un talentoso y ofreciendo a cambio, por supuesto, el peor de los nuestros. Cambio de bando en el acto.
La hora de reunión era generalmente a la tardecita. En invierno era al regresar de la escuela, en verano al caer el sol. Como "la canchita" estaba ubicada en lugar privilegiado del barrio era posible verla desde las casas. Otros metían oreja, pues era común escuchar a lo lejos cuando pateaban la pelota. Esta podía ser de goma, de plástico y en el mejor de los casos de cuero. Ni que hablar cuando aparecía una nueva de cuero, una "5". El gran problema eran las pinchaduras. Si la pelota se iba a las matas espinosas las caras se contraían ante la eventual pinchadura. Las de goma quedaban hechas un desastre, pero igual se seguía pateando una goma sin aire. El drama aparecía cuando se pinchaba una nueva de cuero.
No había mucho dinero circulante. Entonces lo mejor y sobre todo en verano, era jugar "en patas". Por lo tanto, quienes aparecían con championes de goma debían descalzarse, para emparejar. El empeine dolía cuando había que patear fuerte, pero no había otra. Y cuidado de las piedras sueltas.
"Foul acá", era la expresión de quien se consideraba agredido. Nuevas discusiones y aunque el equipo rival se fuera raudamente al arco contrario, el delantero que perdiera la pelota seguía gritando: "foul acá dije", señalando con el dedo el lugar exacto de la supuesta falta. "Qué va a ser foul, te la saqué limpita, andá a jugar a las muñecas", eran entre otras, expresiones de respuesta y a su vez de aceptación.
A quien no se le discutía mucho era al ocasional dueño de la pelota, más si era la única de la tarde. Este dueño del balón tenía otra condescendencia con respecto a otras tardes, se le pasaba la pelota con más asiduidad y si se podía se le ofrecía un gol servido en bandeja.
"5 a 3 vamos ganando", gritaba el defensa para dejar bien claro el tanteador. "Nooo, Walter hizo dos, el Negro y después Galito". "No, el de Galito no vale, pasó por arriba del palo".
Para la historia quedó la respuesta de Pico, quien se sintió recriminado por sus compañeros porque no controló la pelota una tarde llena de sol y calor. "¿Qué querés?, si venía salpicando", se defendió.
En fin, ya lo recordarán Enrique o su hermano Oscar, los primos Juan y Gustavo, los otros hermanos Julio y Eduardo, el Pingüino y José, William, Cachito, el otro Oscar, Carro, Pablo, el Capincho a veces, Pedro, los más arriba nombrados y algunos otros que al no recordar igual los hago partícipes de aquellos años de niñez y adolescencia.
La canchita del Barrio Pamer era como el semillero del amarillo Remolino de la Liga Chacarera, en donde jugaban los más grandes, los hombres, en la cancha grande ubicada entonces atrás de lo Ohaco. Tiempo después cambiaron la canchita nuestra y quedó dentro de la propia Escuela 110 y con arcos, hechos por los mayores, con palos cortados de los montes vecinos. Algunos hicieron líneas, pasándoles la azada y entonces hasta algún campeonato apareció como beneficio escolar, en donde hubo que defender todos unidos al barrio frente a los temibles equipos que venían de la ciudad, como el Piteta, entre otros. O las heroicas visitas a los campeonatos de la otra Escuela cercana, la 32.
En fin, una canchita llena de recuerdos, como tantos campitos de tanta historia. En donde "el que la tira la trae".
En donde podías ir ganando 11 a 2, saboreando la goleada, mientras el sol se iba escondiendo del todo. Entonces del cuadro perdedor surgía el grito desafiante: "el que hace el último gol gana" y los perdedores por goleada igual se iban contentos en las sombras de la noche que se venía, riendo a carcajadas, con un gol fantasma que vaya uno a saber si la pelota entró o pasó por arriba del palo.