LA CANCIÓN DEL PARIA

"... y siempre voy vagando... y si algún día siente, mi espíritu, apagarse la fe que lo alumbró, sabré morir de angustia, más, sin doblar la frente, sabré matar mi alma... pero arrastrarla no" (O. Fernández Ríos)

jueves, 20 de octubre de 2016

UN SIGLO DE MI FÚTBOL - Liga de Fútbol de Mercedes, Soriano.

Publicado en libro "100 Años Liga Dptal. de Fútbol de Soriano", pág. 13, editado en 2009 en el año del centenario.

UN SIGLO DE MI FÚTBOL



Viejas fotos en blanco y negrísimo, de camisetas camisas con botones o piolas sobre el pecho. Pantalones largos angostos hasta la rodilla y bigotes de la época de algunos jugadores que más mayores parecen, en contraste con su real juventud.
Pelotas que hasta en fotos pesadas parecen y las gorras de antaño, las canchas y los “fields” incluso hoy inexistentes. Hinchadas de todas las épocas en una pasión futbolera de un siglo de vida, amores y tristezas, pasiones y descensos, copas de victoria o derrotas infames. Amigos de aquí o del barrio de más allá, pioneros en fundaciones y escindidos otros para nuevas vidas dar, amantes de famosos equipos para nombres y colores perdurables. Fundadores, los primeros jugadores, el primer partido, la primer copa, la sede, la cancha, aquellos pioneros dirigentes de ocasionales aventuras que hoy identifican a barrios enteros cobijados en igual color.




























Multiplicar, por cuántos dirigentes multiplicar cada club, por cuántos jugadores multiplicar cada enseña, por cuántos entrenadores, ayudantes, masajistas, equipiers, delegados, árbitros, dirigentes y funcionarios de la decana Liga. ¡Cuántos hinchas a multiplicar por 100 años!

La virtud del mercedario está a la vuelta de la esquina, privilegio invalorable del hincha es ir a la cancha igual caminando, mirar de reojo la ceremonia en vestuarios, alentar cariñosamente mientras el equipo calienta músculos y dar un grito apenas sale la primer camiseta, ubicarse nerviosamente detrás de las redes del arco para invitar a la pelota en mágico imán a colarse entre tres palos, colgarse de algún alambrado para gritar el gol y tener el privilegio irrepetible de abrazar o tocar al goleador apenas lograda la conquista.
La virtud es poder ir a la sede, saborear los preliminares de la gran contienda, reencontrarse con viejos amigos y discutir, profetizar resultados, integraciones, cambios o lugares de juego para nuestros defensores, que son nuestros vecinos, amigos, hermanos e hijos también que en tarde mercedaria protagonizarán la fiesta máxima del fútbol.
Los vecinos de la tranquila ciudad humeña gozan de un fenómeno social multiplicado por cien. Sufrirán cada partido aún en la victoria y anhelarán el triunfo, se ilusionarán con la vuelta olímpica y caravana triunfal que paseará orgullosamente los colores en un soñado saludo con sus clubes hermanos.

Más tarde el verano continuará alimentando sensaciones porque después del fútbol, más fútbol se prepara. Los gloriosos elegidos se unirán en el mismo uniforme tricolor y así al sol y calor del diciembre de fiesta y playa, harán correr aún más todavía sus piernas por un nuevo desafío que espera.
Un desafío irrepetible. La ilusión de vestir una enseña blanca, entre azul y rojo color. La mágica noche de verano en donde las diferencias no están. ¡Todas las camisetas se funden en una sola tricolor!
Con las inolvidables caravanas de festejo, los más caros recuerdos de nuestra historia futbolera, desempolvando todos los años, desde los gloriosos 20 hasta los recientes brillos del nuevo siglo. Fotos de leyenda que lucen cada día mejor colgadas donde estén. Triunfos de una historia para aumentar el sentimiento chaná.
Difícil recrear en unas pocas líneas 100 años de historia. Tal cual lo repiten hasta el cansancio todos los protagonistas del fútbol, son historias que no se pueden contar, sólo sentir.


Hemos de multiplicar por cien todo acto de emoción. Toda vez que un botija se metió en los vestuarios y esperó con ansiedad que se le alcanzara la camiseta del club. Igual vieja y desgastada, igual usada por otras generaciones o con algún cosido apurado. No importa. El ritual para todos es el mismo. Esa sensación irrepetible de taparse el pecho con los colores queridos vale igual para cualquier división y aunque la cancha desierta esté.
Hemos de multiplicar por cien por los muchos que pudieron quedar por el camino, luchadores por instinto natural en el intento de llegar a saborear esos minutos de gloria, destinados a cualquier cancha, cualquier hora, en el frío intenso de una mañana invernal o apenas pasado el mediodía. La sensación de ponerse los zapatos caídos de una bolsa y salir a la cancha imaginando la gloria suprema de estadios repletos y pendientes del esfuerzo.
Hemos de multiplicar por cien a los héroes anónimos que han contribuido a engrandecer la decana Liga Oriental, como hemos de multiplicar por cien a aquellos que la historia regaló con una foto o unas letras de títulos imborrables en la eternidad, de municipales estadios llenos de veranos litorales y jóvenes privilegiados por haber defendido una prenda codiciada, querida, anhelada y cuántas veces negada para otros.
Un siglo que, como el más puro elixir, concentrado está en la calle Ituzaingó. Guía conductora de una pasión a multiplicar por cien. Hábil cerebro de una conducta integradora de magnitud incomparable en la sociedad mercedaria.
Porque la Liga de fútbol es mucho más que fútbol y se la evocará siempre más allá del propio deporte. De allí su grandeza.

Hace cien años que venimos pateando una pelota, empujándola con el corazón. Llevamos un siglo gambeteando, intentando un cañito o buscando el chanfle perfecto de la zurda vaga. Llevamos cien años mordiendo en cualquier rincón de la cancha, subiendo en cada córner, sacándola del ángulo, devolviendo paredes, evitando mirar un penal, presionando al rival o socorriendo al compañero. Con el fútbol, dicen los resultados, más se pierde y menos veces se gana. El hincha fiel siempre gana. Su pasión es el alimento de su espíritu y sus colores son columna vertebral de su vida.

Hace cien años amaneció, esperábamos el sol pero salió el balón, desde ese mismo origen marcando el tiempo, dejando huella. Cien años rendidos a la pelota. Cien años escapando para la cancha, esperando el dominguero día radiante, dribleando la mesa familiar. Es que uno, enamorado de las vivencias de la pelota y la camiseta, siempre rumbea para la cancha. Como sea, cuando sea, para la cancha. ¡Cómo no ir!, si nos está esperando.

Imaginemos un siglo sin días futboleros, sin camisetas, sedes ni caravanas. Imaginemos un siglo de vida sin fútbol mercedario.
Hoy, que las nieves del tiempo han plateado la historia del fútbol chaná, valdrá la pena entonces multiplicar por cien toda esta bendita historia y todo nuestro amor por tan hermosos años del fútbol de alambrado.

La decana Liga Oriental sigue adelante, mirando de reojo sus recuerdos.

Cumple un siglo de vida, o diez décadas de gloria, o cien años de señorío, o miles y miles de asombrosas sensaciones. Integrando barrios, educando botijas, guiando espíritus deportivos, paseando orgullosa el nombre de la tierra sorianense. La tierra donde nació el mejor fútbol.

Federico Marotta

lunes, 3 de octubre de 2016

RAMÓN - "Pochila" "Pulpo"

Relato dedicado a Ramón Waldemar Damborenea Gutiérrez "Pochila" o "Pulpo", escrito en 2002. Publicado en el libro "Cartas" (2009), Editorial Entrega 2000.

Ramón, 50 y algo años de vida y más de cuatrocientas poesías almacenadas en su memoria. Estudió electricidad y ahora recibe una pensión estatal. En el umbral de su juventud su vida cambió para siempre. Se volvió loco. Por eso lo inyectan mes a mes.
En su temprana edad un clima político violento se instaló en su país. En esos tiempos Ramón vagaba entre cordura y locura, pero comprendió, de un modo brutal y exacto, el alto significado de la libertad. A partir de entonces admitió su locura, pero marcó su vida el deseo de ser libre.

Su mundo se tornó complicado. Además debieron internarlo en un centro de recuperación, de compañeros locos e inyecciones tranquilizadoras. Entonces entraba en pánico, sentía temor de pertenecer a un mundo para él imbécil. Quería escapar a todas las cadenas y no podía. A medida del paso de las semanas iba comprendiendo aún más su enorme amor a la libertad. A ser loco sí, pero libre, vivo.

Tiempo más tarde dejó atrás las puertas del internado. Su hogar lo recibió nuevamente, en donde por ese tiempo vivía su madre junto a otros hermanos. Se dedicó de lleno a la lectura y comenzó a memorizar más y más poesías, a descubrir nuevos autores. También comenzó a participar en reuniones benéficas y peñas folclóricas. Allí estaba. Unas veces presentado en escenario vestido a la usanza de un hombre de campo y otras tal cual lo encontraba la ocasión.
Recitaba con voz poderosa y clara. Poseía un dominio excepcional de la pausa y volvía mágica su actuación. Era capaz de hacer brotar lágrimas detrás de cada verso y de repente, cosa inexplicable, las lágrimas besaban labios pletóricos de risa. Así era Ramón. En un instante mandaba a reír, luego a llorar, luego a pensar. Sus poesías podían ser altamente emotivas, otras sumamente divertidas y en buen porcentaje comprometidas con el deseo de un mundo mejor. Demostraban siempre su propia manera de ser, la de un permanente darse a los demás.

Reuniones, mostradores de bares y cantinas, cualquier comida informal. Unos amigos, unas copas, un instante y un loco. Con él llegaban rápidamente los momentos felices. Incluso a veces bastaba con detenerse en esos gestos de cara redonda, escasísimo pelo y un particular mechón prolijamente cortado en el medio, sobre la frente. Sonrisa de pocos dientes y un infaltable cigarro jugando en sus labios. Más bien bajo de estatura y tirando a cuerpo relleno. Era un hombre que caminaba rodeado de una nube de humo y unos gritos inesperados en cualquier lugar de la calle, a cualquier hora.
Durante algunos años de su vida el alcohol lo acompañó en forma diaria. Bebía ansiosamente y el efecto comenzaba a notarse pronto. Como cualquiera, perdía muchas veces su control.

Que ebrio de vino y locura hizo cosas indebidas, es cierto. Que con la misma ebriedad pasó los límites de la cortesía humana, también. Que en iguales circunstancias se le iba la mano a lugares prohibidos, igual. Entonces todos le recriminaban, sentíanse con derecho a criticarlo, a sabiendas que lo hacían con un hombre débil, inofensivo. Pretendían cuestionarlo como a cualquier cuerdo, profundizando esas críticas que a otros no se las harían. De esa manera desataban autoridad sobre un manso loco, finalmente dominable. En tales circunstancias nadie le perdonaba la locura, ni siquiera la ebriedad. Así, muchas veces lo despreciaron y hasta lo echaron, transformándose en un personaje de sus propios versos.
Pero a cada nuevo sol se le abría otro camino. Porque él vivía el día, el momento. Armonizaba el pesar de infelices ebriedades evocadas en un instante de nostalgia con una risa abierta, franca y a veces cómplice, echando la cabeza para atrás y llevando las manos a su hinchada barriga.
Con Ramón en Casa de la Moneda, Santiago de Chile.












Durante muchas tardes, más que nada en verano, acompañaba a su hermano a la orilla del río. Cuidaban de su pequeña embarcación de madera y pasaban el rato charlando con otros pescadores de barrio. En esa zona del río ya eran populares los gritos de Ramón, dirigidos a sus dos fieles, libres y mansos compañeros perros a quienes nombraba "sus hijos". En ellos, en su familia y en sus amigos, Ramón volcaba sus afectos, su generosidad sin límites. Llenaba así su espíritu y alma que jamás había compartido con una mujer compañera, quizás la gran ausencia en su vida.

Ramón logró el primer premio recitando en las fiestas folclóricas más importantes de su país. Tenía poco más de 20 años cuando mereció tal distinción. Más, él no le daba importancia al hecho. Su visión estaba puesta en intentar conseguir a diario alguna reunión de amigos o fiestas benéficas en donde le pagarían algún dinero por su actuación. Algunas veces cobraba por lo suyo, pero otras finalmente no pasaba factura. Sobre todo cuando eran beneficios solidarios. Por esto es que manejaba muy poco dinero. La pensión estatal la cobraban sus familiares. Era lo mejor. En ciertos meses Ramón cobraba y llegaba a su casa borracho y sin dinero. En ese día se sentía feliz en su ebriedad porque finalmente podía devolver atenciones a los amigos que durante el resto del mes lo invitaban con algunas copas. Pero claro, luego había que comer y vestirse. Por otra parte Ramón casi nunca trabajó. Tampoco podía hacerlo pues dejaría entonces de recibir su pensión de loco. Y a decir verdad no le gustaba. Pero sobre todas las cosas: ¿quién sería capaz de darle alguna oportunidad?
Ramón y Emilio López Gelcich en la guitarra, sindicato papelero de Mercedes, Uruguay.


























Pese a las malas costumbres que lo habitan Ramón es un tipo muy querido y de muchas amistades. Cuando no se lo veía preguntaban por él. Su ausencia se hacía sentir. Los días más tristes se sucedían en forma periódica, año tras año. En cierto momento y sin saber nadie porqué, Ramón no salía de su casa. Sin ningún problema aparente ni situación evidente, se encerraba en sí mismo y se negaba a hablar. Algún amigo lo visitaba, aún a sabiendas de que era inútil conseguir un mínimo diálogo. Se lo encontraba en su casa, generalmente sentado, siempre fumando. Sus ojos eternamente perdidos en pensamientos indescifrables. No respondía, parecía no interesarle el hecho que sus amigos fuera a darle ánimo. Ni siquiera un saludo de despedida, nada.
Pasaba así largos días, semanas. Encerrado en sí mismo, introvertido en máxima expresión, solo.
El día menos pensado Ramón volvía a aparecer en sus lugares habituales. Era el de siempre. La crisis depresiva pasaba sin necesidad de preguntas. A él no le interesaba explicar su mundo y para los demás lo importante era recuperar al amigo.

Ramón es un bohemio en esencia. Muchos corren tras ella buscando su magia. Él no necesita hacerlo porque la bohemia es él. Lo popular es él. El olvidado es él. Como el sumergido o el infeliz. A todos ellos los vive porque los siente. Porque los recuerda en cada recitado o verso que emergen de sus labios. Por eso es que muchos agotaron lágrimas escuchándole revivir al desposeído.
Ramón no cambiará. Tendrá dudas y sentirá impotencia cada vez que deba ir al hospital a inyectarse. Necesita la medicación pero también sabe que con ella le dominarán los nervios, le aliviarán la tensión. En fin, para él, una manera de quitarle la libertad. Pero debe ir. De cualquier modo debe inyectarse porque tiene memoria y pánico de que nuevamente le dictaminen un internado de compañeros locos. Presa así de un encierro de vida se entrega a un pinchazo de locura.

Un día, públicamente, lo alabaron hasta la idolatría.
Entonces Ramón levantó la vista, perdió la mirada en los ojos de su interlocutor y dejó pasar unos segundos de pausa excepcional.
Luego dijo que no.

Que el verdadero ídolo era su hermano Román. El buenazo y cuerdo de Román, que es manso, hogareño, albañil, pescador, solidario y generoso.


viernes, 30 de septiembre de 2016

PRESO

De las leyes, reglamentos, de la ética y la conducta social.
De la dictadura y de los partidos políticos.
Preso de la democracia y del sistema.
Del dinero, del trabajo que da el dinero y de las horas dedicadas al trabajo.
Preso del estudio y de todo lo correcto.











De la cordura y de la propia palabra.
Preso de la escritura. Preso en el tiempo porque inevitablemente lleva.
Del cuerpo que se enferma a veces, de los médicos y de los que con la palabra sugestionan a creerles.
De los que enseñan a ser libre, de decisiones de los mayores, de jefes y gobernantes.
Preso de una nacionalidad, de una identidad, de una tierra adoptada, de otra identidad, de otra nacionalidad.
Siempre hay que ser algo, hay que ser de alguien, hay que definirse por algo, hay que tomar partido, hay que jugarse, embanderarse, colorizarse. Preso de todas las decisiones.
Preso de una moda, de una lengua y de los colores que no bastan.
Por no saber volar. Por debilidad y vulnerabilidad.
Preso del agua y de la tierra. Del hambre que llama a la puerta todos los días y de la sed.
Hasta del aburrimiento, de la lluvia y el sol, del viento y la tormenta.
Preso de la luz y de las lágrimas.
De la memoria.
Desde el nacimiento y en la muerte.
Presos en la madera o en la tierra o en una vasija y aún en el recuerdo.
Preso del olvido.
Hemos nacido para ser libres... terminaba diciendo mi amigo aquel, borracho de vino y vida.

Relato del libro "Gente Noble", Editorial Entrega 2000 (2012).

lunes, 26 de septiembre de 2016

EL ABRIGO DE UN LOCO

Acerca de un loco y mi amigo Ramón "Pochila".

"La soledad es como mi abrigo", así contestaba un loco a la pregunta de la periodista, que semanalmente les ofrece la posibilidad de expresarse públicamente.
Se nota que son locos. Además explican sin tapujos que son medicados periódicamente.
"Cuando no la necesito, me quito el abrigo y voy en busca de mis amigos", continuaba así este loco. Quedé pensando, intentando definir bien su pensamiento. Jamás había escuchado metáfora semejante acerca de la soledad.
Una definición al parecer tan simple, como si uno pudiera manejar a gusto la soledad. Necesitarla y abrigarse con ella.
La naturalidad y rapidez que tuvo el loco para responder llamó la atención.
Peleando con mis pocas neuronas para comprender, pensé en Ramón, mi amigo Ramón, al cual no veo hace ya más de tres años. Me preguntaba si seguiría siendo el mismo loco que conocí. El que año a año se escondía semanas en si mismo y no quería hablar con nadie, encerrado en su casa, solo en máxima expresión, fumando con la mirada perdida.
Ramón revivía sin dar explicaciones e iba al encuentro de sus amigos, que no preguntaban.
¿Sería ésta la respuesta para Ramón? Años me ha llevado encontrar una razón de su periódica soledad. Si así lo fuera, podría sentirme feliz por él. Comprender que buscaba abrigo. Evadirse de un mundo cuerdo sencillamente aterrador.
Entonces, no sé por cuál motivo, imaginé a los pueblos en soledad. Mucha gente viviendo cotidianamente junta, pegados uno con el otro, pero tan en soledad.
Pueblos abandonados a un destino incierto. A un devenir de los años, sin expectativas, con las esperanzas desechas, rotas.
Pueblos sufridos a mentiras.
Pueblos tan solos, dejados a la mano del tiempo y de su pasar. Curtidos a promesas, engañados.
Pueblos que ni siquiera pueden disfrutar de su soledad. Pensaba yo, si ni siquiera los dejan tener abrigo.

Escrito en 2006, publicado en el libro "Cartas", Editorial Entrega 2000.

martes, 20 de septiembre de 2016

JUVENTUD - De Ovidio Fernández Ríos dedicada a Ernesto Herrera "Herrerita"

Poesía recitada en el "Coliseo Florida" de Montevideo, durante la función de honor a Ernesto Herrera, con motivo del triunfo de su drama "El Estanque". 1911
Ernesto Herrera (1889-1917, Montevideo, Uruguay)

























JUVENTUD

Si es justo que en tributo al que ha triunfado
desborde en entusiasmo el alma inquieta,
es muy justo también que se permita
la sencilla palabra del poeta.

Yo quiero en esta noche inolvidable
mientras la gloria por mi lado pasa,
¡cantar! ¡reír! ¡llorar! ¡gozar el triunfo!
¡de un niño hermano, orgullo de mi raza!

Yo quiero en esta noche, bajo el vuelo
divino de una lluvia de colores,
recoger con mi lira los aplausos
y a sus pies arrojarlos como flores.

Lo quiero porque es joven y valiente,
y es a la juventud a quien le toca
guiar el mundo sin doblar la frente
y hacer al arte un pedestal de roca.

Juventud es valor. Fe en la victoria.
Ver la vida y la muerte de igual modo,
Juventud es pensar. Soñar la gloria.
¡No tener nada y ofrecerlo todo!

Juventud es amar. Los ruiseñores
cantando al Padre Sol. La vida intensa.
Confundir las mujeres con las flores.
Saber sufrir y no olvidar la ofensa.

Juventud es triunfar. El gesto airado
contra la sombra criminal y loca.
¡Es caer con el cuerpo destrozado
llevando una sonrisa entre la boca!

Juventud es verdad. La roja entraña
palpitando en sangrienta efervescencia.
¡Morirse de dolor en la montaña
antes de traficar con la conciencia!

Juventud es saber cada mañana
una nueva lección desconocida.
Saberlo todo, porque todo encarna
la conjunción suprema de la vida.

Juventud es saber que en este mundo
eternamente todo se reforma.
Es saber que en las horas de pelea
¡Mueren los hombres, pero no la forma!
¡Muere la forma, pero no la idea!

Juventud es la luz; el rayo eterno
que va dejando tras de sí las huellas.
¡Ver surgir las ideas del cerebro
como si fuera una explosión de estrellas!

Juventud es presente y es mañana;
el porvenir que con el hoy se envuelve.
¡El único ta-lán de la campana
del tren expreso que se va y no vuelve!

Y ¡fuera aquel que obstruye la grandiosa
Redención! Y si teme llegar tarde,
¡que abra con valor su misma fosa
ya que para luchar se cree cobarde!

Porque ella es la que debe formidable
matar de la ignorancia los vestigios:
¡La santa Juventud que es responsable
del día de hoy en los futuros siglos!

¡Sí! La Juventud que es estandarte
de todas las conquistas generosas;
la coloca , con amor, al arte
sobre todos los hombres y las cosas.

El arte es libertad, forma sagrada.
Lo rigen sólo universales leyes,
¡Hiere más una pluma que una espada,
y educa más un libro que cien reyes!

Vale más un manojo de ilusiones,
una estrofa de luz, un sólo verso,
que Napoleón con todos sus cañones
tomando por asalto el Universo!

Y hoy que es un hermano a quien la gloria
la frente le besó con luz potente,
como si fuera mía su victoria
siento su resplandor sobre mi frente!

Y joven es quien nos brindó un tesoro
y por sus triunfos soberanos
hay en mi lira un trémolo sonoro
como el aplauso de un millón de manos.

¡Salve esa juventud maravillosa
que al darnos de la vida un bello drama
se bautizó en el agua milagrosa,
del estanque glorioso de la fama!

¡Salve el arte que aún tiene soñadores
llenos de fe, de gloria y de cariño,
y que por él, brotan resplandores
en el cerebro mágico de un niño!

¿Niño? Niño Titán. Porque no acepta
vivir la sombra bajo un torpe yugo.
Niño que lleva en su bendita frente
un chispazo de luz de Víctor Hugo!




lunes, 19 de septiembre de 2016

ROJO Y NEGRO - Ovidio Fernández Ríos

Son las locas saturnales de los Príncipes de Hungría
El palacio es cual un reino de luz, fuego y pedrería,
Que un fantástico Aladino lo robó del Ideal;
Y al compás de la alegría, que en los aires leve flota,
Surgen trémulos muy suaves de una mágica gavota,
Con los ritmos argentinos de violines de cristal.

Hay un giro cadencioso de las sedas damasquinas,
Como sutil aleteo de invisibles golondrinas,
Que se pierde en el desmayo de la música orquestal;
El ambiente está embriagado con esencias enervantes,
Y las chispas bulliciosas de champañas espumantes,
Fingen besos voluptuosos de un pagano bacanal.

En el Parque todo es calma. Las magnolias y gardenias
Gimen, lánguidas y tristes, sus secretas neurastenias,
Y en el cielo el plenilunio se destaca como un Sol;
Sobre plintos se alzan torvos dos guerreros de Carthago,
Y en la góndola que boga, balanceándose en el lago,
Hay dos almas que se funden en un místico crisol.


Pero allá, donde en la estepa se refugia el triste paria,
Hay, raquítica, una choza de una raza proletaria,
Y un cadáver dentro de ella, sobre tosco y ruin diván;
Es el cuerpo de un obrero, de un vencido, de un ilota,
Y una triste mujer llora por la bárbara derrota,
Y los hijos abrazados a su padre, piden pan!

Y hay un ritmo cadencioso de los violoncellos magos
Que lloran en los salones evocando al Stambul;
Y de exóticas princesas hay suspiros dulces, vagos,
Que se pierden como besos palpitando en el Azul!

Ovidio Fernández Ríos (Uruguay) "Horizontes de luz" - 1908

viernes, 16 de septiembre de 2016

DON SEVERINO

Los partidos de fútbol en el picado eran asombrosas proezas dignas del mejor de los relatos. En el barro mejor y si llovía había connotaciones de hazaña. Todos empapados, la lluvia como cruel enemigo que rebelaba al héroe deportivo que todos llevan dentro. El barro era el que marcaba la lucha que habías dejado en el terreno de juego. Cuidado con salir con la ropa limpita, más vale el reto de la vieja que la humillación de los amigos.
El campito iba quedando todavía, era de propiedad municipal. Algún que otro rancho o casita modesta se iba levantando alrededor y hasta más aliados aparecían. Los gurises estaban jugando al fútbol, qué mejor y más sano, decían las madres, sabedoras del destrozo de la ropa, de los baños a fondo posteriores e inevitables, cuando al llegar a casa los héroes del fútbol disimulaban suciedades para evitar el reto.
Un día pasó por allí un señor que les preguntó si querían arcos de verdad. Los gurises usaban cualquier cosa. Palos clavados, piedras, ladrillos rotos, ropa, todo servía para hacer el arco. Siempre sin travesaño, claro está. Los gurises dijeron que sí porque era lo único que se podía decir y entonces algún padre comentó por encima del paredón a su vecino: "es el Desodorante, que anda haciendo campaña..."
Al tiempo aparecieron los arcos, los gurises ya se habían olvidado. Iban para la escuela y vieron unos hombres descargándolos de un camión. Se quedaron paralizados al borde de la calle. Había gente extraña que se estaba apoderando del campito sin pedirles permiso. El Bisagra fue el primero que habló y le salió una rebeldía de adentro. Entonces los gurises organizaron un campeonato de pandorgas en la tarde, como respuesta a su desconcierto.

Pero es que estaban tan lindos los arcos. Con travesaño y todo, firmes, de hierro. Hasta podían meterla de veras en el ángulo. El PrePizza fue de los primeros en protestar, porque sólo pensaba en sí mismo y en las tantas veces que discutió hasta el cansancio para hacerles entender a sus rivales que la pelota había entrado en el ángulo.

Después de la escuela aparecieron todos en el campito. Los arcos estaban perfectos. Los gurises llevaban sus pandorgas y organizaron un campeonato. Tanto fue el desconcierto que los vecinos comenzaron a asomarse por las ventanas y en la calle y les preguntaban el por qué no jugaban al fútbol. Por supuesto que los arcos ganaron, los gurises empezaron a aflojar y alguno que llevaba una pelota empezó a hacer jueguitos. Al Peluquero lo mandaron a atajar y comenzaron los intentos por clavarla en el ángulo. Hasta la Sietemesina salió a ver, solterona que chillaba si los gurises le rompían alguna planta, que devolvía la pelota al otro día, que se hacía la que no estaba en casa o que a veces les gritaba a los gurises que tuvieran cuidado que estaba tomando mate en el patio. Rezongona y todo siempre devolvió la pelota, menos la vez que mandaron al más chiquito de la barra y se le ocurrió llamarla Doña Álgebra... ¿me puede dar la pelota?, se las devolvió a la semana por encima del paredón y sin avisar.

Unos meses después pasó Severino, que tenía un cuadrito de gurises un poco más allá del barrio. Los invitó a practicar en la cancha que quedaba algo lejos. Lo cierto que Severino pasaba todas las tardes en una camioneta destartalada, abierta atrás y cargaba a todos los gurises, retos van y retos vienen, quédense quietos que no los traigo más. Todos esperaban en el campito o parados en la puerta de cada casa, martes y jueves de cada semana, menos Neruda, que la mayoría de las veces se quedaba durmiendo y Don Severino tenía que bajar y traerlo a tantas y a las quejas. Casi que lo revoleaba en el aire para subirlo a la camioneta.

El Neruda era un flaco desgarbado, medio alto, vago, capaz de los mejores versos para escabullirse de compromisos, pero era el crack y por eso todos querían tenerlo en su cuadro. Fue el elegido. Neruda se transformaba en el campito, se olvidaba de todas sus vagancias y desparramaba talento, fue el primero que fichó Don Severino para su equipo, entonces llamado Estrella Azul, vaya a saber por qué. Dos o tres más de la barra terminaron también jugando en el Estrella y los demás volvieron al campito de sus amores, permitiendo que los martes y jueves Neruda y los otros marcharan al Estrella.

A los años Neruda debutaba en las inferiores del Chaca, el club más importante de la zona. Los gurises fueron a verlo, la entrada era gratis. Neruda los saludó desde la cancha y les regaló un partido precioso. Cuando hizo un gol señaló a la barra de amigos. Se les ocurrió la idea de volver a juntarse en el campito, que todavía estaba y lo invitaron a Neruda, que fue, y se divirtieron como nunca Faltaron algunos, que se habían ido del barrio o ya estaban laburando o nos les pudieron avisar. Pero la que seguía estando era María Juana, o doña Álgebra, que devolvió la pelota las dos veces que la mandaron a su patio.

Neruda debutó en la primera del Chaca, era todo un orgullo. Consiguió unos pases libres a sus amigos, pero la cancha ya era grande, tribunas a los cuatro costados, hinchadas guerreras y peleadoras, cuadros de barrio, donde todos van a la batalla. Los partidos eran a vida o muerte, peleas por el ascenso y por un gol de diferencia a su favor el equipo de Neruda clasificó para jugar por subir a la primera división. En el primer cruce jugaron la definición de visitantes, ganaron por penales, después de un alargue, las hinchadas se tiraron de todo, los policías gases lacrimógenos, el Neruda y su equipo salieron de la cancha a las 4 de la mañana, pero con la clasificación en el bolsillo.

En la segunda eliminatoria también tuvieron que definir como visitantes. La hinchada del Chaca no llegaba y el partido a punto de comenzar. Cuando el árbitro daba la orden de comienzo se escuchó la bocina del tren. Los hinchas venían colgados hasta del techo, hicieron parar el tren frente a la cancha, fue un aluvión de hinchas subiendo a los paredones, nadie pagó la entrada y nadie intentó cobrárselas, se llenó de color y alegría la tribuna. Entonces el Chaca ganó.

En la final por el ascenso también les tocó definir de visita. Pero los líos del partido pasado les suspendieron la cancha. En el partido de ida los mandaron a jugar al Estadio, donde la hinchada estaba allá arriba, a lo lejos, nada que ver con la cancha del Chaca. Y los gurises del barrio habían ido allí, juntos, para ver a Neruda, que ni se enteró.

En la vuelta la hinchada también estaba ausente casi al comenzar el partido. Los hinchas visitantes pegados al alambrado los iban a matar, los esperarían hasta la madrugada si hacía falta, pero si les ganaban los iban a matar. ¿Qué hacemos?, se hablaban los muchachos del Chaca, que la hinchada nuestra no llega. Y de vuelta la magia. Casi al comenzar el partido las bocinas de los autobuses y la hinchada coparon el estadio visitante. Era la protección que faltaba y si tenemos que esperarlos para que salgan de la cancha, los esperamos, les dijeron los hinchas, los acompañamos.

El Chaca ganó y subió a primera división. Neruda siguió jugando, corría el mediocampo como un maestro, había pulido su técnica. Ahora hacía versos con la pelota, en el arte de marcar un gol. Neruda llegó a jugar en los mejores escenarios del país, a enfrentarse con los mejores, ya había firmado contratos profesionales y su vida andaba de fútbol en fútbol, en los diarios, en la tv, en las radios. Todo un crack.

El campito siguió estando allí, a pesar de los años y que el barrio seguía poblándose de casas y de gente. Seguía siendo municipal y otros niños lo usaban. Hasta que se corrió el rumor y la invitación. Esa tarde habría un picadito en el campito, como en los viejos tiempos. Y los muchachos aparecieron, como por arte de magia, estaban casi todos, aún los que no vivían en el barrio.

Hasta que la pelota cayó en lo de María Juana. Nadie vivía allí desde su muerte. Neruda los invitó a todos a acercarse, apareció una llave entre sus manos y abrió la puerta. Les dijo que esa sería la sede de un cuadrito de fútbol del barrio, de los nuevos pibes y de los hijos de los amigos que comenzaban a llegar. Que allí viviría alguien que andaba un poco mal, pero que seguía con muchas ganas de entrenar.

Una mala tarde Neruda se lesionó solo. No quiso operarse, renunció al fútbol y todavía le quedaban muchos años por jugar. Volvió al barrio, casado y con un recién nacido en los brazos y escuchando a los nuevos pibes del barrio mientras Don Severino les gritaba dando indicaciones, enseñándoles a jugar, mientras su señora les alcanzaba del patio las pelotas perdidas.