LA CANCIÓN DEL PARIA

"... y siempre voy vagando... y si algún día siente, mi espíritu, apagarse la fe que lo alumbró, sabré morir de angustia, más, sin doblar la frente, sabré matar mi alma... pero arrastrarla no" (O. Fernández Ríos)

domingo, 4 de junio de 2023

EL HOGAR ESPAÑOL Y EL ATHLETIC CLUB


                      EL HOGAR ESPAÑOL Y EL ATHLETIC CLUB

Me acerco al fútbol de primera en Mallorca sólo cuando viene a jugar el Athletic Club de Bilbao en el estadio municipal de Son Moix, en Palma. Cuando voy lamento que el visitante tenga que cambiar su primera equipación, así no puedo verlo jugar con la rojiblanca a franjas verticales.

De niño iba al Hogar Español, a la vieja cantina ubicada sobre calle Haedo, digo 25. Veía jugar a mi padre al casín y anotaba en la pizarra, a veces me dedicaba a ver las fotos en cuadros, banderines que colgaban de las paredes al influjo de su cantinero. Así asocié nombres como Pichichi, Zarra, San Mamés y equipos enteros vestidos de rojo y blanco pero no representaban entonces mayor cosa para mí.

Son Moix es un precioso estadio al que últimamente le acercan las tribunas detrás de los arcos y entonces se ejerce mejor presión al visitante y más cercanía al espectador. No suele llenarse salvo en las visitas de Real Madrid o Barcelona. Mallorca se llamó originalmente Alfonso XIII, en honor al rey y su camiseta es roja.

Don Víctor, el que era presidente del Hogar, me contaba de una cicatriz en la pierna más no quería hablar de la guerra civil que padeció su pueblo. Me decía que nunca volvió a la tierra soñada pues a poco de emigrar había fallecido su madre y entonces un retorno no tendría sentido. En el Hogar, si agudizás el oído, se sigue escuchando Granada.

En mi primer retorno a Mercedes encontré a Don Víctor en la calle y al acercarme sus manos previo al abrazo me pregunto: ¿cómo te trataron?, después me dijo hola.

Mantengo una diferencia casi irreconciliable con el fútbol mercantilista de hoy, alejado de la realidad social de los pueblos. Ningún jugador o entrenador tiene la culpa de vivir en una realidad paralela. Es el laburante el que va a alentarlos al estadio.

Prefiero el fútbol de alambrado, el que juegan los amigos, los vecinos, el club que te formó, la camiseta que defendiste o que nunca te pudiste poner.

Víctor, el otro Víctor, el otro vasco, también rojiblanco, que protestaba si le decíamos gallego, era el guardián de aquellos cuadros, fotos, banderines y diarios que llegaban desde su lejana España. Me conocía de niño, claro. Un día dejaba su trabajo en la cantina del Hogar y había descolgado aquellos recuerdos de las paredes y justo yo pasaba por ahí, me llamó. Dejó en mis manos algunas de sus atesoradas imágenes. Sé que me transmitía algo pero debo confesar que no sentía mayor cosa.

El fútbol es un deporte hermoso, claro que veo partidos aunque piense que era mejor el romanticismo de años atrás donde Rasquetita renunciaba a un contrato con el Barcelona para vestirse de celeste en Amsterdam.

No discuto por el fútbol profesional pero simpatizo, claro. Y me pasa lo que a todos, terminás hinchando por el débil si mirás un partido. Y uno sabe que los equipos transmiten identidad, sentido de pertenencia y hasta mensajes sociales mientras los escépticos pregonan que es la distracción de los problemas reales.

El Athletic sigue jugando sólo con hombres y mujeres del País Vasco, de aquí o allende los Pirineos. Es su seña de identidad más clara y parece difícil que cambie, sobrevive aún después que se abrieran las posibilidades para los contratos múltiples a jugadores extranjeros en España y así entonces los clubes parecen selecciones mundiales y a veces entran a la cancha sin un jugador nativo.

Puede ser discutible la filosofía del Athletic Club. “Los vascos fueron emigrantes siempre, tienen que darle posibilidades a todos”, me decía mi buen amigo Pepe, de apellido vasco.

Hasta que apareció la televisión con su cruel mensaje del éxito el Athletic Club era lo más popular en Uruguay, como antaño cuando los pelotaris hasta que llegaron los barcos ingleses con sus escuadras, artilleros, arietes y su capitán.

Son Moix, a las siete en punto de la tarde juega el Athletic y en las paredes del Hogar los partidos son a las siempre en punto porque si agudizás la vista ves a Iribar que se la pasa a Piru Gaínza y desborda Txetxu Rojo, la gabarra espera en la ría y Moreno Aranzadi está perpetuo en la Catedral esperando las flores de los que vienen por primera vez.

En visión entrañable y dulce las paredes del Hogar están llenas de fútbol y de fotos que eran la puerta de los recuerdos, de una partida de mus, un viaje por mar en segunda o tercera clase, un padre jugando al casín, un adiós definitivo, aquellos diarios que traían las noticias, de cartas a mano en perfume de gotas desde una mirada perdida y que demoraban semanas, de cartas con noticias bonitas y tristes y mentiras piadosas, de esos abrazos y afectos necesarios que a tanta lejanía siguen dando los socorros mutuos.

No sé si voy al estadio a ver jugar al Athletic o si voy por reencontrarme con parte de mi historia.

Lo que sí sé es que en el momento uno no siente, no sabe lo que viene. Pero te esperan.

Cuidado con esas cosas que ahora no representan mayor cosa para ti, es sólo un principio, la semilla, una estrategia del futuro. Es la jugada maestra de lo que será tu pasado. La nostalgia es victoria.

Parecía que eran sólo cuadros o que era sólo un Hogar.