LA CANCIÓN DEL PARIA

"... y siempre voy vagando... y si algún día siente, mi espíritu, apagarse la fe que lo alumbró, sabré morir de angustia, más, sin doblar la frente, sabré matar mi alma... pero arrastrarla no" (O. Fernández Ríos)

jueves, 29 de diciembre de 2016

SOLIDAO - EL BAR DO ARANTE Historia de amor con Ana (2)

SOLIDAO – EL BAR DO ARANTE
Historia de amor con Ana – parte 2)

AÑO 18
Mientras Ana iba de regreso a su Santa Fe mis amigos intentaron distraerme. Los amores pesan cuando se tiene 18 años y en este caso el futuro dolía demasiado.
Sólo sabía que vivía en Santa Fe. Nada más que se nombraba Ana.
Sentado atrás en el coche mis amigos me llevaron al morro de las siete vueltas o algo así, me invitaron a ver la vista más hermosa del mundo según los nativos, la Laguna de la Concepción y algún lugar más que no recuerdo mucho. Mi mente viajaba por cualquier parte.
Al pasar por la ciudad nos alegramos un poco pidiendo a los transeúntes que nos tomaran fotos con el fondo del puente Hercilio Luz, una postal de la ciudad.
Ni siquiera me había quedado con una foto de Ana.
En la plaza XV de Novembro mis amigos saltaban de alegría y pretendían dar más vueltas al enorme árbol.
Las teorías eran distintas. Pero la más veraz parecía ser esa que decía que si era la primera vez que estabas en Floripa debías dar una vuelta para regresar.
Mis amigos se negaban a dar tres vueltas. Era casamiento seguro.
Los tres días siguientes en la isla de la magia fueron muy difíciles de sobrellevar. No quería estar allí.
Ya no importaba el sur natural ni el norte turístico.
Hubiera querido viajar a Santa Fe.

AÑO 19
Ahorrando todo el año para viajar. Podría intentar ir a Santa Fe, pero más me valía pensar reencontrarme con Ana al año siguiente en Florianópolis y así repetir las vacaciones.
El tiempo no pasaba nunca pero finalmente los ahorros permitieron volver a Santa Catarina, Brasil.
Al día siguiente de llegar fui a Pántano, entré en el Bar do Arante y casualmente estaba la misma camarera y Arante. Un aguardiente sirvió para recordarles mi cara y apenas pude me dirigía la mesa donde se sentaba Ana.
Allí estaba el mensaje todavía: “He pasado aquí las vacaciones más lindas de mi vida. Ahora ya estoy volviendo a casa. Ana de Santa Fe”.
El mensaje me volvió a doler. Lo toqué pensando en tocar sus manos, sus huellas. Los nuestros anteriores habían sido superpuestos por otros mensajes de vaya a saber quien. Almorcé en el mismo lugar donde se sentaba Ana y por supuesto dejé un mensaje.
Para Ana de Santa Fe, estoy aquí, llámame a este número..., te sigo queriendo.”
Volví a recrearme en Florianópolis durante quince días. Recorrer nuevamente sus playas y tratar de descubrir más lugares. Dar otra vuelta al viejo higuerón imaginando que ella estaba conmigo. Pasar por la tienda de aquel vestido blanco.
Las inmobiliarias habían cambiado de personal y dueños, nadie me daba información sobre aquella familia que alquiló una casa en Solidao.
Claro que volví al Bar do Arante varias veces. Pero no tenía respuesta a mi mensaje. Ana no había vuelto.

AÑO 20
Llegué a Santa Fe y me alojé en un sencillo lugar. ¿Dónde comenzar a buscarla? Ya tenía edad para estudios terciarios. Quizás se había marchado de allí. Tal vez tendría novio.
Mi ansiedad había ido disminuyendo al pasar los meses pero me negaba a concluir mi historia con Ana. Algo más tenía que suceder.
Caminé Santa Fe, pregunté por la chica de pelo largo castaño llamada Ana que viajaba a Floripa, que tenía una hermana pequeña, que tal vez usaba en verano un vestido blanco.
Cuando entré en el Museo de Cera de Santa Fe me invadió el peso de la historia y aquellas figuras libertadoras marcaban presencia imponente. Fue lo que más me distrajo de mi búsqueda. Los hombres representados, de mirada firme, parecían reales.
Esas figuras inmóviles, representantes del pasado, paradójicamente me devolvieron a la realidad, fue el momento preciso en que aceptaba mi destino.
Ana no apareció.
foto de Dircinha-flickriver.com

AÑO 28
Volví a Floripa. Sentado con mis acompañantes en el mercado de la ciudad me llamó la atención una cara que yo creía conocer. Una chica a la que había visto alguna vez. Estaba sentada con su pareja y me acerqué para preguntarle.
Me respondió que si, que tenía una hermana que se llamaba Ana y que eran de Santa Fe.
La sorprendí un poco con mi ansiedad y se la veía cortada en sus expresiones. No quería decir mucho. Me dijo que ella había venido con su novio y que Ana se había marchado al sur de Argentina donde se casó y tuvo dos niños.
Pensaba demasiado sus respuestas. No quiso darme más detalles. Mi insistencia debió ceder y le dejé anotado un número de teléfono, una dirección y mi nombre. Le pedí que cuando pudiera se lo diese a Ana por si alguna vez deseaba volver a comunicarse conmigo.

AÑO 38
Era la cuarta vez que volvía a Florianópolis. Mi vida estaba hecha y deshecha y mis años veían crecer a mis hijos.
A este lugar siempre se vuelve. Por algo es la isla de la magia.
Debía pasar por el Bar do Arante, claro está.
Mi cabeza descansaba durante estos días a pleno sol y movimiento, a pura belleza natural.
El Bar seguia siendo básicamente el mismo y su espíritu igual. En la mesa de Ana nuestros mensajes ya no existían. Habían sido tapados por otros.
Me senté a comer en el lugar de Ana, girándome a veces para mirar a Solidao. Estando tan cerca tenía que volver a caminar por su playa.
Decidí ir desde Pántano hasta Solidao. Los recuerdos se hacían presentes y aunque mi historia con Ana se había superado siempre me había quedado aquello que no debíamos haber terminado como lo hicimos.
La playa de Solidao estaba concurrida y seguía tan bella como siempre. El morro en la distancia me devolvía emociones y el dejo de la nostalgia me invadió.
Caminaba imaginando mi historia, recordando aquellas vacaciones.
La casa que los padres de Ana habían alquilado seguía estando en su sitio, tan igual como hacía 20 años.
Desde lo lejos se veía movimiento, una mujer sentada, unos adolescentes jugando y una pareja despidiéndose en saludo.
Pero el morro me había hipnotizado. Mi presentimiento me llevó a subirlo, contemplar la misma vista de veinte años atrás y volver a bajar hasta la pequeña y rocosa playa.
Pensaba que Ana podría estar mirando las islas desde lo alto, imaginando su paraíso.
Pero no estaba.
Cuando volvía a la ciudad el sol ya caía lentamente.

Mis días en Floripa iban pasando. Llegué por Armaçao a visitar unos amigos pero no estaban. Entonces, aprovechando la cercanía, decidí volver a Pántano una vez más, la última antes de emprender viaje a Uruguay.
En el Bar do Arante pedí una caipirinha, salía del bar para la playa y me acercaba a los pescadores. Tenía todo el tiempo del mundo para disfrutar de la hermosa bahía.
Más tarde decidí comer y me senté, claro, en el lugar de Ana.
Fue inevitable leer algunos nuevos mensajes.

Te vi pasar al morro, te esperé. Las mañanas más bellas siguen estando en Solidao. Ana de Santa Fe”.
foto de panoramio-florianópolis.travel

Al instante se me revolucionó todo. Ana me había visto en Solidao. ¿Por qué no me llamaría? Había vuelto al Bar a esperarme seguramente. La camarera no se acordaba quien podría haber dejado ese mensaje. Habían pasado algunos días desde que había ido al morro.
La tarde avanzaba y no sabía si ir ahora a Solidao.
Por algo puso “las mañanas”. Otra vez un mensaje cambiaba mi sentir. Quería darle un final diferente a mi historia con Ana.
A la mañana siguiente temprano ya estaba en Solidao. Esta vez había poca gente y buscaba la sonrisa ingenua de Ana envuelta en vestido blanco. ¿Qué hacer cuando la viera? Quería abrazarla, ya no de amor pero sí de mucho cariño. Iba acercándome a la casa que alquilaban sus padres y vi que había movimiento en la entrada, lo que sería un patio delantero con pequeñas vallas.
La casa estaba al borde de la playa, en le playa misma se podría decir. Junto a la puerta alguien levantó su brazo en señal de saludo y creí que era Ana.
Iba acercándome. Ella estaba sentada a la sombra junto a una ventana, seguía levantando el brazo y mantenía su sonrisa ingenua de veinte años atrás.
  • Pasa -me dijo, ni bien llegué a la pequeñita puerta de madera que separaba la casa de la playa.
Me acerqué con otra duda que se confirmaría después.
Le di un abrazo, un beso en la mejilla y ella volvió a apretarme en otro abrazo. Reía, entre tierna y alegremente.
  • Te vi pasar el otro día, esperé que regresaras del morro pero tú no miraste. Seguías para Pántano y yo había quedado sola. Por eso el mensaje en el Bar.
¿Por qué no había ido hacia mí para recibirme? No se lo quería preguntar porque comenzaba a intuirlo.
  • No puedo caminar, hace doce años que no doy un paso.
Ana me lo contó. Se había casado con un compañero de la universidad, tuvieron dos niños y un accidente en la ruta. Él murió y ella salvó sus piernas pero le quedaron inmóviles. Afortunadamente sus hijos no iban en el coche.
Sus padres habían ayudado a criar a los niños y habían vuelto un par de veces más a la isla.
  • Con mi esposo nunca vine aquí. A mis padres siempre les decía que quería volver a Solidao. Ellos me quieren complacer con lo que quiera y a mí algo me transportaba hasta aquí. Todo tiene un porqué. Me enamoré de esta playa, me enamoré en esta playa, conocí el amor en esta casa... Solidao... soledad, incluso me han dicho que solidao también puede significar soledad de dos. Hasta su nombre resulta perfecto para mí. Este es mi lugar en el mundo aunque tenga que vivir lejos de él.
  • Entonces cuando estuve con tu hermana... -comencé a decirle.
  • Sí, me lo dijo. Me dio tu dirección, tu número de teléfono. Me alegré mucho pero yo ya estaba como ahora. Si algún día teníamos que vernos debía ser así, como ha sucedido. Yo también pienso que tendríamos que haberle dado otro fin a nuestra historia joven. Pero es que éramos muy jóvenes. Yo no sabía como despedirme. Pero te extrañé. Te extrañé mucho también.
  • ¿Quieres ir al Bar do Arante y almorzamos?
  • Es muy complicado para mí desplazarme. El mensaje lo dejó mi padre. Se lo escribí yo aquí y él lo llevó.

Veinte años después estaba frente a Ana. Sus hijos tenían 15 y 13 años y sus padres se acercaron a saludar. Reímos recordando aquellos días jóvenes, finalmente almorzamos en esa casa y el padre me confesó que él, hace veinte años, supo en todo momento los pasos de su hija en aquellas vacaciones y que nos había “dejado ser”, porque confiaba en ella, apostó en mí y en nuestra pequeña locura de amor, en mensajes, en lo Arante. Que él me hubiese invitado a su mesa el segundo día, cuando aquel primer mensaje que dejé.
Pero prefirió que nuestra historia la escribiéramos nosotros dos, sólo nosotros dos. Y que él veía entonces que su hija era feliz y reía como nunca y buscaba excusas para verme. Y que también vio su carita triste por el espejo del coche cuando volvían a Santa Fe.

  • Sigue siendo mi cuarto -dijo Ana con sonrisa cómplice mientras yo me había quedado mirando la puerta entreabierta.
Nos contamos nuestras historias de amores y desamores, de hijos adolescentes y vida hechas y deshechas.
Los años habían dejado atrás nuestros semblantes jóvenes aunque Ana mantenía su sonrisa ingenua y sus ojos tiernos. El pelo lo llevaba más corto pero seguía siendo lacio y castaño. Su cuerpo continuaba siendo atractivo. Pero sin dudas en todo lo suyo había una sensación de tristeza.
  • Es lógico ¿no? Mi familia y amigos me ayudan a superar mis días y muchas veces río muy feliz junto a los míos, siempre aceptando mi destino. Pero es cierto, tienes razón. Aun así te lo puedo afirmar: tristeza es la palabra más noble que conozco...
  • Mañana pasaré a buscarte, ¿dónde quieres ir?
  • Mañana estaré ocupada, debo ver el sol y cuidar de Solidao -hablaba Ana mientras reía con frescura-, cualquier lugar que volvamos a ver juntos puede ser peligroso. No quiero hombres en mi vida y tú y yo fuimos más que amigos. Me gusta escribir, ver a mis hijos y dar gracias a mis padres. Para mí es mejor estar sola. Pero al menos nos vamos a despedir mirándonos a los ojos, riendo y sabiendo que los dos seguimos estando.

Dejé mi dirección a Ana, dejé mi teléfono y en esos tiempos ya también existían las direcciones de correo electrónico. Podríamos estar comunicados al menos.
  • Te escribiré -aseguró Ana, con sonrisa dulce.
Mientras tanto yo la abrazaba y hacía fuerza para reír. La miré a los ojos uno segundos, cerca, cara a cara, con mis manos en sus hombros, con sus manos en mis brazos. Pero sólo mantuvimos la vista, sin atrevernos, disimulando deseo, seguramente.

Me fui caminando la arena de la playa, sintiendo en mi la mirada de Ana, evitando darme la vuelta para verla otra vez, con ganas de volver sobre mis pasos y darle otro abrazo, deseando que ella gritara mi nombre, deseando darme la vuelta para verla otra vez, su dulzura pegada en mí y quería retroceder veinte años, impedir que viera en mi mejilla el resultado de mi angustia repentina, agradeciendo que existieran Anas en el mundo, maldiciendo la crueldad de su destino mezquino y gritarle con rabia al paisaje que Solidao era aún más bello por ella.

Dos meses después recibí un correo. Venía adjunta una foto del Bar do Arante, justo del lugar donde Ana almorzaba. Y un mensaje:

Hace 20 años pasé aquí las vacaciones más lindas de mi vida. Pero no me respondas, no me quieras. Tu libertad te permitirá volver a pasar por el corazón aquellos días cuantas veces quieras. Disfruta el recuerdo y así me llevarás, feliz, contigo siempre. Si algún día te necesito te escribiré. Ana de Santa Fe.”