LA CANCIÓN DEL PARIA

"... y siempre voy vagando... y si algún día siente, mi espíritu, apagarse la fe que lo alumbró, sabré morir de angustia, más, sin doblar la frente, sabré matar mi alma... pero arrastrarla no" (O. Fernández Ríos)

miércoles, 23 de septiembre de 2009

"CARTAS" - "Luis Ernesto" (relato 6)

Dedicado a mi amigo Luis Ernesto Castro (el flaco Peter)
Luis hecho postal era verlo pedaleando en su bicicleta. Tenían nombres. La Hermenegilda fue una de sus más fieles y queridas dos ruedas a pedal que la cuesta del Barrio Cerro lo veía subir, tanto para ir a trabajar como para frecuentar alguna vieja cantina sindical.
Fue de los que tenía el pelo largo en época rebelde, cuando se los veía como los tipos raros y marginados de una sociedad que entonces vivía la dictadura, el uniforme liceal, el pelo hasta el cuello de la camisa, la cara afeitada y las buenas costumbres de la disciplina.
Rockero en esencia y de un músico conocido su apodo inglés. Vanguardista en música en tiempos donde lo común era escuchar los sempiternos cantantes que nunca decían nada. Sin embargo, Luis se fue formando en el mensaje y descubriendo cada vez más los sonidos y voces ocultas, siendo autodidacta en aquello de valorar la libertad y comenzar a sentir las libertades personales.
Flaco, alto y pelo largo que lo hacían parecer al Jesús de los cristianos. Tal vez esa imagen podía ser Luis hecho postal.
Viajó por varios sitios en sus épocas de plomo de la orquesta. Volvía a casa junto con la salida del sol, en donde lo recibía su cuarto de soltero, en la casa de Irma y Juan, en el corazón de un barrio trabajador.
Luis podía decirlo todo con una mirada de humor cómplice, con una ocurrencia de momento dicha en particular modo y con gesto único. Se podía reír de todos y de sí mismo. Podía alargar la noche bebiendo, compartiendo y cantando. Fue murguero de humilde murga. Prefirió el mensaje a compartir un buen coro. Tenía la voz grave y en el grupo destacaba por su altura.
Luis, el cigarrillo y el mate. Tal vez podía ser esa su postal. Sentado con el mate, con el cigarrillo en los labios y el humo alrededor. Sabía cebar hasta un par de termos aguantando la misma yerba.
Un día se enamoró, se casó y cambió su vida. Le resultó buena la convivencia que algún día temía hacerle perder su libertad de soltería. Sus temores desaparecieron bajo el cobijo de una compañera fiel y de un par de críos que por seguro son sus propios ojos.
El nombre de su hija lo soñó desde siempre, por aquello de una bufanda roja y negra que escribía en las paredes resistir. Luis sabía ganar tiernos desafíos de amistad.
Pasaba el tiempo y la fiel Hermenegilda, silenciosa y obediente, siguió acompañándolo, esperando la trasnochada cada vez menos frecuente o para ir al trabajo, porque había que pedalear cinco kilómetros. Antes trabajaba en la misma empresa pero en la ciudad. En la cuadrilla que reparaba las pérdidas de agua. Luis prefirió la calle al escritorio. Prefirió salir en la cuadrilla subido en la caja del camión. Se ubicaba al medio, los brazos adelante para sostenerse, más alto que sus compañeros. Andaba como dando la cara, como sintiéndose orgulloso de su condición de obrero.
Cuando el camión pasaba junto a algún conocido sonaba ronca la voz de Luis nombrando con particular acento, con inconfundible humor y tan sólo con sentir esa grave voz la sonrisa aparecía en la persona nombrada.
Parece que Luis recibió nombre de futbolista. Pero de fútbol sólo sabe sufrir desde atrás del alambrado con su cuadro ferrocarrilero del barrio primero o el viejo y glorioso albo de las mil batallas. El tiempo le fue quitando la flacura y el pelo, pero su cabeza se cubría siempre con una gorra negra. Igual a la que un día regaló y que aún se guarda junto a la foto del crío, miles de kilómetros allende el mar.
Se puede confiar en Luis, se puede reír mucho con su irónico humor, se puede conversar de todo y de todos, se puede cantar, se puede compartir una tristeza y siempre se puede recibir un abrazo fuerte que te hace rebotar contra su pecho.
Hoy Luis ya no anda en el camión. Pero si se debe elegir una postal, es la de ese flaco alto mostrando altivo su condición, nombrando con grave voz a sus amigos mientras pasaba el camión.