LA CANCIÓN DEL PARIA

"... y siempre voy vagando... y si algún día siente, mi espíritu, apagarse la fe que lo alumbró, sabré morir de angustia, más, sin doblar la frente, sabré matar mi alma... pero arrastrarla no" (O. Fernández Ríos)

martes, 15 de noviembre de 2016

MI LUGAR EN EL MUNDO

Quiero quedarme a vivir en tu sonrisa, en tu mirada tierna y buena de todas las mañanas, en el abrazo y en tu cuerpo cálido.

Salí a buscar mi lugar en el mundo. Debía estar en otros mares de mejores playas, vientos y sabores diferentes, con ardiente sol de verano y fina arena húmeda que a veces deja huella. Parecía ser mi huella.




Otras veces lo creí encontrar en un valle perdido entre montañas perdidas en las nubes. Solitario, ajeno a todo, indiferente al mundo, fiel al silencio. Era el canto de los pájaros y la mirada paciente de una anciana. El verde diferente y la sensación de paz.




Más tarde pensé encontrar mi lugar en el mundo en el encanto de la ciudad, playas caídas del cielo rodeándola, noches de luz y encanto multicolor. Todos reían, bailaban, cantaban. Un abrazo entre desconocidos.




Tal vez era el silencio en un sitio donde mirar el horizonte era eso, mirar el horizonte. Nada se interponía, todo era verde encanto, limitado en el azul claro cielo, todo quietud, soledad compartida, donde dos viejitos podrían darse la mano durante horas sin hablar.




Podría ser el río, una casa con olor dulce del agua, tal cual manantial de elixir, para navegar en ella imaginando descubrir más paraísos.




Podrían ser los mares del sur, los hielos del norte, los vientos de cualquier lado, las playas mediterráneas o el sabor de un Caribe. Todo podría ser mi lugar en el mundo. O cualquier sitio que transmite libertad.




Podría ser la soledad de un camino, la risa de un niño de barrio pobre, la delicada complicidad de un pudiente, la alegría de un pueblo o podría ser una casa amiga, un viaje inesperado, un cielo de otro color, otra luna, estrellas verdes, noches blancas, mares rojos.




Hay un lugar en el mundo para todos. Desafío de encontrarlo, de disfrutarlo. Un lugar ideal con clima ideal, los olores más intensos y las flores más soñadas. Con el viento más acariciador o donde la lluvia suena más romántica todavía.




Todos podrían ser mi lugar en el mundo.




Y yo anduve por ahí, perdido en los años de la edad, en ese lugar de bienestar perfecto, felicidad y armonía con la naturaleza o con los otros que la habitan. Podría ser tierra roja, corriente fría, frío seco, hogar de leña encendida, una comida caliente, un vaso de vino.




Lo seguí buscando, perdido en ardientes carreteras, en grises aviones y hasta en barcos altivos. Caminando, en motor y con los lentes de un prismático. Lo busqué en las tribunas de un estadio, en la mesa de un bar, en el ruido de un concierto y en la soledad de la playa rocosa, escuchando el mar, sin entender su idioma insinuante. Pensé que estaba en el retorno, o en el reencuentro, en un lugar de trabajo o en una cita inesperada.




No era claro mi lugar en el mundo.




Pero un día brilló tenuemente perdido en tu sonrisa, cobijado en tu mirada buena y latente en tus manos suaves.

Un día lo descubrí en la calidez de tu cuerpo, en tu actitud valiente pero suave y en las palabras de tus ojos que me miran.
Mi lugar en el mundo está en tu pelo, en los brazos que abrazan, en la paz que me das y en tu sonrisa.

Relato publicado en el libro "Gente Noble", Editorial Entrega 2000 - año 2012